dilluns, 25 de juliol de 2011

La conga


Estaban todos reunidos alrededor de una mesa. Era una comida de trabajo, para “despedirse” antes de vacaciones. Allí estaban los esclavos del maldito castigo bíblico, reunidos en un ágape para decirse las cuatro, o quizá cinco, tonterías de siempre. Lo más interesante y peligroso de estas reuniones es que en ellas a veces se hacen o dicen cosas que pueden resultar cómicas, aberrantes o directamente comprometedoras. Así pues, tras beber una cervecita fresquita en una terracita bajo un tórrido solecito, los comensales, compañeros de trabajo, se distribuyeron en una mesa del interior del restaurante, de estética lounge, con colores pastel en sus paredes, muebles retro… un sitio verdaderamente ‘chic’. Eran doce personas, 4 mujeres y 8 hombres, para ser exactos. El ambiente de la reunión era bastante típico, lleno de cruces de frases vacías, aunque se adivinaba cierto aire crispado bajo las ‘sonrisitas’. Recuerdo que un compañero empezó a criticar ferozmente a una antigua compañera de trabajo: hablaba de su cambio de orientación sexual tras 7 años de matrimonio. Nada nuevo, claro. Pero también empezó a explicar cómo, cuando estaba en la empresa, golpeaba las teclas de su ordenador para simular que trabajaba, sin hacer nada obviamente. Hacía un ruido ridículo y patético cuya intensidad era proporcional a sus ganas de escaqueo. Para ocultar su inactividad, la chica, al parecer, dirigía miradas de una intensa seriedad hacia los compañeros y compañeras de trabajo: “Estoy muy ocupada y centrada en mi tarea, que nadie me moleste”, decían sus ojos. Todo el mundo sabía de su escaqueo, claro, pero es que todos hacían lo mismo, en mayor o menor medida, cuando podían. Otro de los comensales, de semblante enfermo, pese a que nadie sabía a ciencia cierta cuál podía ser la causa de su mal aspecto, empezó a servir el vino. A medida que discurría la comida, la gente fue entrando en calor, hasta que se llegó a ese momento entrañable en que algunos pierden el control. El chico de aspecto mórbido, transcurrido un rato, se levantó de la mesa y se dirigió a una pequeña mesita donde había un jarrón lleno de flores amarillas. A su lado estaba una de las compañeras de trabajo, muy delgada, por cierto. Del bolsillo izquierdo de su pantalón, la muchacha sacó una bolsita o algo por el estilo. Al cabo de unos instantes armó cinco rayas de coca en la mesita. De manera paulatina y ordenada, algunos de los comensales empezaron a esnifar las diferentes rayas. El ritual se repitió en tres ocasiones. Hasta la camarera, con un tatuaje de Fumanchú en la parte superior del brazo izquierdo, se animó a esnifar. La cuestión es que la gente empezó a entrar en un estado bastante alterado y excitado. Las risotadas y las salidas de tono iban en aumento, así como las esnifadas. El polvo blanco dio lugar a otro tipo de ‘polvo’. Se levantaron eufóricos los trabajadores y empezaron a hacer una conga, sin pantalones ni faldas. Luego se quitaron la ropa interior. Por supuesto, todo era muy morboso y 'excitante'. Uno tenía la sensación de estar asistiendo a algo diferente y estimulante. Hasta la camarera se apuntó. Iban bailando y sodomizándose convulsivamente al son de una canción que iban cantando. La verdad es que esa pérdida de control no la había visto nunca en una comida de trabajo. Pero uno ya se acostumbra a todo. Al cabo de una hora, y estando todos ya vestidos y contentos, se sentaron en la mesa. El jefe, el chico con cara de estar enfermo para ser más precisos, empezó entonces a pronunciar un discurso de una extraña seriedad. Informó a dos compañeros de que iban a ser despedidos en ese mismo instante. Las personas afectadas se quedaron inmóviles y angustiadas. Al cabo de media hora, el jefe les comunicó que se trataba de una broma, pero que se fueran preparando. Nadie pareció sorprendido por esa broma pesada. Luego todo transcurrió “con normalidad”. Cada uno se marchó a su casita.