dijous, 30 de setembre de 2010

El tormento es gozo

Al tomar conciencia de lo absurdo, uno pasa a quedar atado a él para siempre. Los dioses condenaron a Sísifo a empujar una roca eternamente hacia lo alto de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Pensaron, con cierta razón, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Aferrarse demasido a la vida nos arrastra a este suplicio en el que todo el ser se dedica a no rematar nada.

La persona que trabaja todos los días, en las mismas tareas durante toda su vida, tiene un destino igual de absurdo. Pero hay que ser consciente de ello, entonces se abre la tragedia: conocer esa miserable condición en toda su amplitud. La clarividencia de ese tormento puede dar, pardójicamente, un poco de luz. Hasta se puede gozar del tormento. Así, uno se acostumbra a pasar 8 horas diarias de su vida en el lugar de trabajo y hasta se lo puede pasar medianamente bien. La roca -angustia- es demasido pesada de llevar: las verdades aplastantes desaparecen al ser reconocidas.

La felicidad y el absurdo son dos hijos de la misma tierra. A veces, hasta el sentimiento absurdo nace de la felicidad. El hombre absurdo dice sí y su esfuerzo no cesa nunca. En la lucha atormentada puede estar la dicha.

diumenge, 26 de setembre de 2010

Sobre el mercado espiritual


Osho, el más controvertido de los gurús de los años setenta y ochenta -cuando era conocido como Rajneesh- adoptó este nombre pocos meses antes de su misteriosa muerte, de la que precisamente ahora se cumplen veinte años. Desde entonces, Osho se ha convertido en una de las marcas más potentes del mercado de la espiritualidad, con más de cuatrocientos títulos traducidos a 58 idiomas. Un imperio sin rostro -mucho menos indio y mucho más occidental de lo que parece- con sede en Zurich.

En la India, donde siempre está latente la posibilidad de ser engullido por una alcantarilla, arrollado por un killer bus o electrocutado por un cabo de alta tensión, el ashram de Osho y sus alrededores arbolados eran ciertamente un remanso de paz. Una evasión de la India en toda regla, paradójicamente vivida como un encuentro con las profundidades de India por parte de los seguidores tardíos -mayoritariamente extranjeros- del gurú, cuya más reciente encarnación dejó este mundo hace dos décadas por problemas de inmunodeficiencia nunca aclarados. Este oasis de Koregaon Park, en Pune, salpicado de mansiones ajardinadas de políticos corruptos y magnates, saltó en pedazos hace dos sábados con retumbante violencia. Una bomba accionada a distancia había sido colocada en el más popular y el más cercano de los cafés cercanos al ashram, la German Bakery (el nombre y vocación occidental dice mucho sobre la India de mentirijillas que da cobijo a este tipo de turismo: en realidad una pantalla de protección frente a la aspereza de India). Desde hacía cuatro meses, la vigilancia se había reforzado cien metros más abajo, en la Chabad House, y cien metros más arriba, en la entrada principal del inmenso ashram o centro de meditación. Pero no en la modesta German Bakery, de bancos de madera y menús naturistas: zumos de granada, lassis, tofu, germen de trigo, alga espirulina y queso de yak (aunque el yak más cercano debe pacer a 2000 km de allí).

La marca Osho se ha convertido en un imperio editorial, que publica cientos de recopilaciones de sus macarrónicos discursos en inglés. Ni una rupia se destina a obras de caridad. Aunque varias hectáreas de jardín, propiedad de la fundación, se abren a los vecinos unas pocas horas al día. También hay visitas guiadas de diez minutos, en estricto silencio, más que nada para que los indios vean que allí no se fornica al aire libre y grupalmente, como les gusta imaginar horrorizadamente. El punto culminante de la visita es el exterior de una pirámide negra -por fuera, aunque blanca por dentro- cuyo interior acoge las meditaciones de la tarde.

Para convertirse en sannyasin, o seguidor, aunque sea por un sólo día, es necesario comprar la túnica morada para los talleres diurnos y la túnica blanca para la meditación vespertina. Aunque a la discoteca nocturna se va con ropas de calle. Antes de las once, el ashram cierra sus puertas. En el apogeo de Osho, las túnicas eran, de hecho, naranjas, y luego el maestro suprimió su uso. La mayoría de las costumbres del ashram, así como el mismo nombre de Osho -efectiva marca global-, fueron introducidos cuando el gurú estaba más en el otro mundo que en este, a menos de seis meses de su muerte. Osho creía que alguien lo estaba envenenando, lo que creó un ambiente de caza de brujas dentro del propio ashram.

Hay que añadir que sólo se aceptan extranjeros con visado turístico -posiblemente para evitar que los periodistas metan las narices- y es imperativo pasar un test de VIH, aunque el ashram en sí ni siquiera tiene alojamiento. El lujoso hotel gestionado por la empresa Osho está algo apartado. Osho es un fabuloso negocio, aunque no se puede objetar que fuera más puro en vida del gurú. Si en algo destacó Rajneesh (pronúnciese Rachnish), luego Osho, fue en su proverbial instinto comercial y en su ágil adaptación a los cambios de gusto en la audiencia. Su discurso, siempre ecléctico, se volvió más jocoso, disparatado y posmoderno desde finales de los setenta.

Detengámonos en la jugosa personalidad de Osho. Para empezar, no era hindú, sino jainista. El jainismo es una religión contemporánea del budismo, con el que comparte algunos rasgos, aunque lleva al extremo algunos aspectos como la no violencia, el respeto por la vida (el vegetarianismo es estricto) y el menosprecio por los placeres mundanos. Pues bien, a pesar de estos antecedentes, Osho llegaría a ser conocido en India como "el gurú del sexo", por su desculpabilización del individuo y su sistemática denuncia de las represiones sociales. Aunque Osho, en realidad, había dicho que el sexo era algo estúpido y que lo que le interesaba era el silencio posterior al orgasmo. El vacío mental que es, no la condición previa para la meditación, ni el camino a la meditación, sino su objetivo último.

Osho nació en el culo de India, en una familia pobre de una aldea pobrísima, del miserable estado de Madhya Pradesh. Su ascenso hasta convertirse en la marca más cotizada del mercado mundial de la espiritualidad y presencia inevitable en las estanterías de autoauyuda es por lo menos digno de admiración. Su inteligencia no pasó desapercibida desde su infancia, que pasó con sus abuelos. Osho aseguraría luego que a los 21 años tuvo su iluminación, pero la verdad es que durante nueve años más continuó como oscuro profesor de filosofía en la no menos oscura localidad de Jabalbur. De ahí que sus discursos contengan menos referencias a la tradición india que Albert Camus, Bertrand Russell o Winston Churchill. Diríase que su meditación dinámica tiene menos que ver con la sabiduría de Oriente que con las experiencias teatrales de Grotowsky o Artaud. No siempre citados, la psicología de Freud y Wilhelm Reich está en la base de sus ideas -Viena más que Varanasi-, así como la filosofía de Nietzsche. La propia arquitectura de su centro de meditación no podría ser menos india y más miesiana (del Mies van der Rohe del Pabellón Alemán de Barcelona, del que toma hasta las sillas). Menos es más. También Rousseau o Voltaire pesan en su rechazo de las religiones organizadas (aunque codificó sus propias prácticas "liberadoras" y el culto a su personalidad).

Nada que objetar. También Gandhi, tenido como el indio y el hindú por antonomasia, es, si la vista no se deja engañar por el atuendo que adoptó y fue perfeccionando a partir de 1920 -cuando cambió los trajes y corbatas por un trapo-, una mezcla de oriente y occidente en la que pesan más el derecho británico, el Evangelio, Tolstoi y Thoureau.

Si se lee, por ejemplo, The inner journey, una de las recopilaciones de discursos de Osho, se halla una mezcolanza de verdades del barquero, chascarrillos y parábolas mediocres, útiles consejos para la meditación, reflexiones que han ayudado a mucha gente y simplificaciones del diván Oriente-Occidente.

Osho dijo también un montón de sandeces -recogidas por sus discípulos a partir de sus macarrónicos discursos en inglés, base de sus libros, ya que él nunca escribió-. Profetizó una tercera guerra mundial y el fin del mundo (del que se salvarían sus discípulos) para la década de los noventa [del siglo XX]. Dijo que la humanidad acabaría viviendo en ciudades submarinas. En cualquier caso, en el ambiente contracultural posterior al 68, flower power, Osho supo encontrar su segmento de mercado entre una juventud acomodada, ávida de bofetones a la autoridad tradicional y de exóticos atajos a la sabiduría. En este medio, su discurso de que el propio ombligo es el centro del cosmos había de encontrar necesariamente una audiencia. Obsérvese que esta no es la India del altruismo (concepto ajeno a India), sino la del masaje al ego y la salvación individual.

Su afabilidad, su aspecto a medio camino del profeta y del granuja, su barba mosaica y su mirada magnética encandilaron a miles de seguidoras y seguidores, a los que daba un nuevo nombre de pila. El maestro espiritual mimaba especialmente a los ociosos hijos de millonarios. La heredera de un naviero griego fue quien adquirió el terreno sobre el que se levanta el ashram de Pune. Por todo ello, Osho, el gurú con cara de sinvergüenza -para algunos, el gurú que parodiaba a los gurús- era conocido también como el gurú de los ricos. El mismo afán con el que construía una imagen mesiánica de sí mismo -emparentándose con Budha- Osho lo empleaba para denigrar a todas las vacas sagradas de India: Gandhi era "un masoquista" y "un pervertido". La Madre Teresa era "una charlatana" y "una hipócrita". Su relación con los movimientos hinduístas, que había sido óptima, se fue degradando. El gobierno indio retiró la exención fiscal de que gozaba su opulento movimiento sectario y le quiso cobrar los atrasos.

Agobiado por la presión, Osho hizo las maletas y abandonó el ashram de Pune en 1981, para instalarse en Oregón, EE.UU. Su rancho contaba con decenas de Rolls Royce, regalo de sus seguidores, que aspiraban a que Rajneesh-Osho pudiera ser conducido en uno distinto cada día del año: se quedaron en 92. Menos es más. Las relaciones con la comunidad austera, trabajadora y conservadora del lugar fueron pésimas desde el inicio para un vividor del tamaño de Rajneesh y su comitiva de porreros iluminados. Los miles de adeptos de Rajneesh pretendían cambiar el mapa político del municipio para imponer su ley, y para hacerlo más fácil, la dirección de la secta diseñó lo que podría ser calificado como un precursor atentado bioterrorista: la comida de varios restaurantes del lugar fue contaminada con cultivos de salmonela, para impedir que los parroquianos pudieran ejercer su voto. Más de setecientos fueron hospitalizados. A eso hay que añadir la masiva violación de las leyes de inmigración por parte de los adeptos y del mismo Osho.

La deportación de Osho era inminente cuando este fue detenido con más de un millón de dólares en joyas y en metálico a punto de volar a las Bahamas. Fue encarcelado y Osho se autoinculpó de delitos menores a cambio de no volver a EE.UU. en cinco años. Rajneeshpuram, la comunidad utópica de túnicas naranjas y Rolls Royce, fue desmantelada. No había sido su mejor época: parece que fue en Oregon donde Osho se convirtió en adicto al gas hilarante y al valium, se encerró, hizo voto de silencio y durante tres años sus alelados fieles se tuvieron que contentar con el darshan o visión del gurú montado en uno de sus Rolls Royce. Su secretaria -esposa del benefactor que compró el inmenso rancho por seis millones de dólares- tomó las riendas. Cuando Osho recuperó la palabra, la pugna entre ambos fue monumental, también por las cuentas en Suiza. Al jet en el que fue expulsado de EE.UU. con su círculo íntimo le fue impedido aterrizar o desembarcar en numerosos países, entre ellos España. Terminó regresando a sus orígenes de Pune. Aunque moriría poco después.

[Fragmento extraído de un artículo:"Osho, atentado contra la espiritualidad", Jordi Joan Baños (corresponsal de Nueva Delhi). La Vanguardia.es, 21/02/2010]

dissabte, 25 de setembre de 2010

La foto iluminada

El fotógrafo enfocaba desde hacia horas a la muchedumbre desde un balcón situado en un ático de una finca que se hallaba en una esquina de la plaza. Un castillo humano se estaba elevando en el centro de la misma y era el objetivo hacia el que orientaba la cámara. Una multitud variopinta miraba absorta y fotografiaba con sus móviles y otros artilugios cómo ascendía el castillo humano. El espectáculo era singular. La gente sudaba, gritaba, se empujaba, hasta orinaba por cualquier parte, pero mostraba una gran emoción.

Un estruendo se oyó de repente: un trueno irrumpió en la fiesta, un invitado imprevisto en la noche apacible. La gente continuó riendo, chillando extasiada o asqueada de estar en esa plaza mirando, bien apretujada, viendo cómo se elevaba el castillo humano. El trueno se convirtió en un motivo más de fiesta y de dicha, como una turbulencia en un vuelo en avión.

Paulatinamente, el ruido de la masa concentrada aumentaba, mientras el castillo en construcción iba a coronar la cúspide. Un niño trepaba en esos instantes por las espaldas de las personas ya con evidentes muestras de flaqueza debido al esfuerzo de sostener otros cuerpos en sus hombros. El fotógrafo, inquieto, se disponía a fotografiar la culminación del evento: la llegada del niño a la cima de la torre de cuerpos, su saludo, la histeria de la muchedumbre que se agolpaba en la plaza, embriagada por el espectáculo, y la posterior y peligrosa bajada de las personas que conformaban el castillo. Cuando el niño se disponía a coronar la torre de cuerpos, un rayo sobrecogedor cayó del cielo y se clavó en su diminuta cabezita, dejándolo paralizado e "iluminado". El fotógrafo, horrorizado, tal vez emocionado, estaba disparando fotografías sin cesar. De repente, la luz del pequeño electrocutado se extendió por todo el castillo humano y también por toda la plaza a través de los cuerpos de las personas allí agolpadas. Es lo que tienen las aglomeraciones, todo está en contacto y se comunica: también la corriente eléctrica.


Desde la pantalla de su cámara el fotógrafo contemplaba una especie de alucinante árbol de navidad humano con sus luces, tal era la mágica escena que se podía ver en el recuadro de su máquina digital: se trataba de los cuerpos electrocutándose desde la cúspide, allí donde se hallaba el niño que coronaba el castillo, hasta la base, extendiéndose a la totalidad de las personas de la plaza. Era un espectáculo único. Los gritos de los individuos, hombres y mujeres de todas las edades, que se podían oír en la plaza eran indescriptibles. Los cuerpos danzaban convulsivamente iluminados por la descarga eléctrica, algunos ya estaban en pleno proceso de cremación.

Al final, el espacio de la plaza quedó tapizado por una masa de cuerpos calcinados mezclados con individuos con caras de espanto y aturdimiento, humeantes algunos, chamuscados otros. Y todo ello en plena noche.

La fiesta había terminado y el fotógrafo acaso había conseguido la foto de su vida.

Escrito por Espectro X

dimarts, 21 de setembre de 2010

El discordianismo y el absurdismo

El discordianismo es una religión moderna (parodia de religión según sus detractores), fundada entre 1958 y 1959 por Greg Hill (también llamado Malaclypse el Joven, o Mal-2) y Kerry Thornley (también conocido como Omar Khayyam Ravenhurst). Presenta notables similitudes con las interpretaciones absurdistas de la escuela Rinzai. El discordianismo reconoce el caos y la discordia como cualidades deseables, en contraste con la mayoría de las religiones, que idealizan la armonía y el orden.

El acta fundacional del discordianismo y libro sagrado es el Principia Discordia. Ganó popularidad debido a su papel en la novela The Illuminatus! Trilogy (1975), escrita por Robert Anton Wilson y Robert Shea. En esta obra, base del folclore esotérico hacker, se narra la lucha por el control del poder entre la sociedad secreta de los Illuminatis, que gobiernan el mundo desde las sombras, y la anárquica resistencia que lucha contra éstos, los seguidores del discordianismo. Uno de los objetivos del discordianismo es demostrar en su día a día el absurdo de los dogmas religiosos.

La filosofía del absurdo, llamada en ocasiones absurdismo, establece que los esfuerzos realizados por el ser humano para encontrar el significado absoluto y predeterminado dentro del universo fracasarán finalmente debido a que no existe tal significado (al menos en relación con el hombre). Se caracteriza así por su escepticismo en torno a los principios universales de la existencia. Por ende, propugna que el significado de la existencia es la creación de un sentido particular, puesto que la vida es insignificante por sí misma, y que la inexistencia de un significado supremo de la vida humana es una situación de regocijo y no de desolación, pues significa que cada individuo del género humano es libre para moldear su vida, edificándose su propio porvenir.

los nuevos gurús (el mercado del sufrimento)

otros comprimidos...

inventos del TBO para soportar lo insoportable

dilluns, 20 de setembre de 2010

Naufragio

Una confusión incomprensible asola el alma... La angustia indescriptible y el horror de sentirse vivo, de palparse el rostro por las mañanas ante el espejo... La radical consciencia de la futura (o inminente) muerte y de que nada quedará de uno... De que el paso por el mundo puede resultar como mínimo absurdo, delirante, las más de las veces grotesco, gris y sinsentido... Una caótica suerte de interferencias, de instantes fugaces, que terminan en una difusa nada que se desvanece. Y pese a todo continuar en el día a día, la carrera hacia ninguna parte. Saber que lo único que queda es el ahora... No cabe esperar nada. Qué difícil soportar el estar vivo sin percibir el sentido de ello. La inmediatez de todo se escapa...

Ser consciente de que sólo existe el presente puede ser insoportable. El tiempo no sólo vuela sino que es ocupado por mil y una estupideces que condenan a la asfixia mental, el aturdimiento sin esperanza ni salida.


¿Cómo escapar de este sufrimiento indecible y límite? Todo está en la cabeza y de ella no se puede salir. Uno no sabe quién o qué es, pero parece que ES. Uno es un ser irrepetible, esa parece la única certeza, y para muchos eso es hermoso y vital. No alcanzar nunca a ver esa hermosura; sólo sentir el vacío, notar el cuerpo que va degenerándose con el paso del tiempo.

Ser un perfecto desconocido para uno mismo, un náufrago que parece destinado a sufrir lo nunca escrito porque nada colma su insaciable hambre de vivir.

La vida debe de ser todo esto...