divendres, 5 de novembre de 2010

El ascenso de Satán (una pincelada)


Cuando se rastrea el ascenso de Satán en el mundo de los espíritus, debemos centrar nuestro interés en la mitología persa. En lo que suele llamarse la religión del profeta Zaratustra, hallamos la primera figura verdaderamente comparable a Satán: un espíritu maligno, Angra Mainyu (que en griego se corrompió hasta convertirse en Ahriman), es decir, el eterno y de fuerza casi infinita señor de los mostruosos regimientos de viles demonios y, al igual que Satán, armado de la misma ansia insaciable e ininteligible de hacer pecar a los hombres y hacerlos caer especialmente en los pecados de la carne, y arrastrarlos consigo hasta el fuego eterno que aguarda al demonio y a todos sus ángeles.

Dios -"el buen dios", o "el auténtico", es decir, Ahura Mazda u Ormuz- crea un mundo resplandeciente repleto de bellezas y que disfruta de una luz perpetua. Angra Mainyu llega al lugar y, utilizando su poderosa magia, lo convierte en el miserable valle de lágrimas que todos conocemos.

Dios creó un mundo espiritual, como se sugiere en el Génesis, y el archidemonio lo convirtió en un mundo material. Esto sería cierto para la última expresión del credo de Zaratustra.

Las ideas ascéticas (se denomina ascética o ascetismo a la doctrina filosófica y religiosa que busca purificar el espíritu por medio de la negación de los placeres materiales) se extendieron desde Persia por todo el Próximo Oriente (poco después del 330 aC). Su idea central era que Angra Mainyu, el primer Satán consumado, había creado el cuerpo humano como medio para corromper el espíritu. Los primeros rabinos (no los judíos ortodoxos, pues para ellos sólo Yahvé puede crear) elaboraron la teoría de que Yahvé había depositado todos los sórdidos deseos sexuales en el hombre sólo después de que Satán tentara a Adán y Eva y éstos cayeran en la tentación. El sexo era sucio, a menos que estuviera debidamente aprobado, y a los espíritus impuros, bajo la dirección de Satán, les gustaba especialmente emplearlo para asegurarse de que los hombres fueran condenados al infierno.

Por supuesto, la influencia de estas ideas era limitada, pero Satán se había encaramado ahora como príncipe del mundo de los pecados y las tinieblas, y algunos empezaron a especular sobre la psicología de estos espíritus impuros y el tremendo ahínco con el que se consagraban a la tarea de corromper a los hombres.

[Fuente: Material extraído de textos de Joseph McCabe]