dissabte, 25 de setembre de 2010

La foto iluminada

El fotógrafo enfocaba desde hacia horas a la muchedumbre desde un balcón situado en un ático de una finca que se hallaba en una esquina de la plaza. Un castillo humano se estaba elevando en el centro de la misma y era el objetivo hacia el que orientaba la cámara. Una multitud variopinta miraba absorta y fotografiaba con sus móviles y otros artilugios cómo ascendía el castillo humano. El espectáculo era singular. La gente sudaba, gritaba, se empujaba, hasta orinaba por cualquier parte, pero mostraba una gran emoción.

Un estruendo se oyó de repente: un trueno irrumpió en la fiesta, un invitado imprevisto en la noche apacible. La gente continuó riendo, chillando extasiada o asqueada de estar en esa plaza mirando, bien apretujada, viendo cómo se elevaba el castillo humano. El trueno se convirtió en un motivo más de fiesta y de dicha, como una turbulencia en un vuelo en avión.

Paulatinamente, el ruido de la masa concentrada aumentaba, mientras el castillo en construcción iba a coronar la cúspide. Un niño trepaba en esos instantes por las espaldas de las personas ya con evidentes muestras de flaqueza debido al esfuerzo de sostener otros cuerpos en sus hombros. El fotógrafo, inquieto, se disponía a fotografiar la culminación del evento: la llegada del niño a la cima de la torre de cuerpos, su saludo, la histeria de la muchedumbre que se agolpaba en la plaza, embriagada por el espectáculo, y la posterior y peligrosa bajada de las personas que conformaban el castillo. Cuando el niño se disponía a coronar la torre de cuerpos, un rayo sobrecogedor cayó del cielo y se clavó en su diminuta cabezita, dejándolo paralizado e "iluminado". El fotógrafo, horrorizado, tal vez emocionado, estaba disparando fotografías sin cesar. De repente, la luz del pequeño electrocutado se extendió por todo el castillo humano y también por toda la plaza a través de los cuerpos de las personas allí agolpadas. Es lo que tienen las aglomeraciones, todo está en contacto y se comunica: también la corriente eléctrica.


Desde la pantalla de su cámara el fotógrafo contemplaba una especie de alucinante árbol de navidad humano con sus luces, tal era la mágica escena que se podía ver en el recuadro de su máquina digital: se trataba de los cuerpos electrocutándose desde la cúspide, allí donde se hallaba el niño que coronaba el castillo, hasta la base, extendiéndose a la totalidad de las personas de la plaza. Era un espectáculo único. Los gritos de los individuos, hombres y mujeres de todas las edades, que se podían oír en la plaza eran indescriptibles. Los cuerpos danzaban convulsivamente iluminados por la descarga eléctrica, algunos ya estaban en pleno proceso de cremación.

Al final, el espacio de la plaza quedó tapizado por una masa de cuerpos calcinados mezclados con individuos con caras de espanto y aturdimiento, humeantes algunos, chamuscados otros. Y todo ello en plena noche.

La fiesta había terminado y el fotógrafo acaso había conseguido la foto de su vida.

Escrito por Espectro X