diumenge, 7 d’agost de 2011

¡NO!


¡NO! es la primera palabra que articula y grita César, el simio que cobra una inteligencia extraordinaria y que protagoniza la interesante y espectacular película El origen del Planeta de los simios (dirigda por Rupert Wyatt y estrenada en España el pasado 5 de agosto). Gracias a la inoculación de Alz-112 -una droga experimental ensayada en monos y dirigida a combatir la enfermedad de Alzheimer, que sufre el padre del científico protagonista del filme, Will (interpretado por un mediocre James Franco: es lo de menos)- y sus extraordinarios efectos multiplicadores de la inteligencia símica (que no humana: el padre del protagonista parece curarse 'milagrosamente' de su demencia al ser inoculado con Alz-112 -pese a estar en fase experimental de ensayo en simios y no en personas-, pero pronto degenerará y empeorará), César se erige en el líder de la manada que inicia la gran rebelión de los simios contra la opresión y tortura a que son sometidos estos primates por parte de los humanos a través de los ensayos y experimentos de laboratorio, patrocinados en este caso por una empresa farmacéutica salvaje y sin escrúpulos, Gen-Sys -equiparable a muchas de las que existen en nuestro mundo-.

Dejando a un lado su espectacularidad -impresionante-, la película nos sitúa en una tesitura que nos puede resultar espantosamente familiar: La civilización humana se halla en un punto de no retorno en su carrera prepotente para controlarlo y someterlo todo, incapaz de poner límites a su insaciable y terrible sed de supremacia sobre todas las especies.

El ser humano dispone de increíbles herramientas de carácter científico y médico. La pregunta es: ¿Hasta dónde se puede seguir avanzando sin colisionar efectivamente con la naturaleza? ¿Dónde están los límites? ¿No se han sobrepasado ya muchos? Estas podrían ser algunas de las preguntas clave que puede suscitar, más allá de la anécdota y los efectos especiales -geniales, sin duda-, El Origen del Planeta de los Simios. Por cierto, la alucinante interpretación de César, el simio protagonista, eclipsa al resto de actores del filme -no creo que sea intencionado...- (el reparto no es demasiado acertado, todo hay que decirlo).

Pese a estar impregnada de tópicos made in Hollywood (falta de mala hostia -no sea caso que salte el Tea Party-, protagonista femenina florero -intolerable- incrustada en el filme con calzador -¿tal vez para que nadie piense en posibles inclinaciones zoófilas del protagonista masculino?-, etcéctera, merece la pena dejarse atrapar por la película. A poco que a uno todavía le quede un poco de cerebro -entre Facebook y la madre que lo parió, los móviles tipo ‘vibrador’, el iFuk, ‘la crisis’, el 20-N, e íconos tan subversivos y contraculturales como Belén Esteban...- le puede hacer pensar y, por qué no, incluso emocionar. Va dirigida a todos los públicos, es una superproducción, pero es disfrutable y hasta puede hacer reflexionar (y, con un poco de suerte, quizá incluso dar ideas a los del 15-M: que tomen nota del ¡NO! de César, el simio protagonista).

No sé qué opinará el colectivo animalista respecto a las ideas que se apuntan en la película, pero como filme de ciencia-ficción para el gran público acaso pueda hacer cavilar acerca del maltrato brutal infligido a los animales de laboratorio en aras del beneficio, primero de las multinacionales farmacéuticas y, de rebote y si suena la flauta, de las personas. Lo que más o menos está claro y queda reflejado -con sus limitaciones- en el filme es que los humanos somos una anomalía perniciosa. Todas las especies se adaptan al medio natural... menos el Homo Sapiens. El hombre pretende adaptar el medio natural a sus caprichos y a su afán insaciable de depredador y dominador sin límites. El resultado es la devastación y el desequilibrio infernales de la naturaleza animal, vegetal, mineral, etc. En este contexto, la ciencia parece intentar “salvar los muebles mientras arde la casa”.

No se trata de un clásico, está claro, pero resulta una interesante precuela de la original El Planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968).

[Cf. Hay una pavorosa película documental sobre el maltrato animal y vegetal para la producción industrial de alimentos, muy recomendable y de mucho más calado que la obra comentada: se llama Nuestro pan de cada día. Quizá alguien sabe si circula por ahí algún DVD de, este sí, durísimo filme.]

2 comentaris:

Dr.Krapp ha dit...

La película que citas en último lugar creo que circula en la red, si es la que pienso. Respecto a la de la que haces una reseña no puedo hablar mucho ya que no la he visto pero si es al menos algo tiene de la sugerencia original de la primera producción sobre el planeta de los simios o de la la novela de Pierre Boulle merecerá la pena. Todo lo que sirva para distanciarnos de nuestra pegajosa condición humana y vernos desde fuera merece la pena.

pesadillas con cuerpo ha dit...

Dr.Krapp: La película 'Nuestro pan de cada día' la vi en el cine y me quedé petrificado tras visionarla: es muy ilustrativa del poder devastador del hombre respecto a los recursos naturales y de la crueldad sin límites y la deshumanización para con los animales (y tb vegetales). Ya la buscaré por la red, pese a que hasta ahora o bien no la he encontrado o no me la he sabido o podido bajar.

La película 'El origen del Planeta de los Simios' hay que tomarla básicamente como un divertimento evasivo pero contiene ciertas pinceladas sobre el sufrimiento animal en los laboratorios para ensayar fármacos, una posible revolución símica que acabe con la supremacía humana, etc., que la hacen interesante. Es, de lejos, la mejor versión sobre el tema de la 'inteligencia símica' aparte de la primera e irrepetible 'El Planeta de los simios'. Sin embargo y por desgracia, es demasiado 'políticamente correcta' (pero, claro, en el paraíso de Micky Mouse es inevitable, salvo algunas excepciones).

Considero que 'El Origen...' hace bastante verosímil la idea de cómo se llegó a la civilización de primates que aparece en la película de 1968. La revolución de los simios es quizá un poco acelerada en la precuela recién estrenada, pero como idea, funciona. Y hasta puede ser catártica y suscitar emoción (la intensa relación 'hombre-animal' materializada aquí entre Will -el científico protagonista- y César -el simio- puede resultar enternecedora).

Efectivamente, como dices, se trata de un filme que puede servir para distanciarnos de nuestra condición de 'seres superiores'.