dijous, 17 de març de 2011

Cuando los sueños se hacen realidad

  Ese fin de semana K cogió, como de costumbre, un dvd de los muchos que almacenaba en su estantería. Tenía una auténtica colección de películas de gore, torture-porno, terror, serie Z y demás subgéneros de lo más variopinto. Acumulaba tantas películas que ni sabía cómo localizarlas. Esa era su gran afición. Bueno, también devorar grandes bolsas de palomitas ante su televisor panorámico "plasmático" cuando lograba localizar el enésimo filme de mutilación, tortura, zombies... Disfrutaba sobremanera cuando torturaban a las chicas que aparecían en las películas, les arrancaban los ojos, las violaban....  Y  mientras, K comía palomitas como un poseso y bebía cervezas sin cesar. La cuestión era disfrutar de la humilación,  la  tortura... Unas extrañas fantasías invadían su cabeza alienada y llena de frustración; por eso, gozaba ante el desfile de atrocidades que vomitaba su televisor. Era tan friki que ni se levantaba para ir al lavabo. Tenía un cubo donde hacía sus necesidades cuando se le llenaba la barriga. Cosa, por otra parte, muy habitual, puesto que tomaba una lata de cerveza tras otra. Así pasaba el rato los dos días del fin de semana. Un pobre diablo, sin duda. Pero un día, llamaron a la puerta. Era tarde, un sábado de madrugada. Miró por la mirilla. Era una chica espectacular y le estaba sonriendo. No se lo podía creer. Iba con un vestido rojo y con un escote de los que quitan el hipo... y otras cosas. Sin pensárselo, K abrió la puerta. La mirada de la chica era turbadora, escandalosa. Sin embargo, nuestro héroe empezó a sentir una extraña angustia. Esa cara... pensaba. Le era familiar. Juraría que la había visto... en una película. Y no en una cualquiera. Sin tiempo para la reacción, la chica le asestó treinta puñaladas, todas ellas bien dirigidas. La sangre empezó a brotar a borbotones del cuerpo del desdichado K. Ya en el suelo, notó que no sentía dolor alguno, lo cual le dejó paralizado y aterrado (eso sí era verdadero terror y en sus propias carnes; qué más podía desear). La chica se disponía entonces a atarlo en una silla, a lo que K no ofreció resistencia. Estaba absolutamente reventado y, pese a ello, no sentía ninguna molestia. Creía que se estaba volviendo loco. Empezó entonces la joven a cortarle los dedos de la mano derecha, mientras le sonreía con cara seductora. Ya sin dedos, pero sin sentir dolor, K vio cómo en ese momento la joven le cogió la mano izquierda. Repitió la acción. 5, 4, 3 2, 1 ... ¡sin dedos! Estaba muerto de miedo, pero, mutilado como estaba, y hecho una piltrafa, no sentía dolor alguno. Continuó entonces la bella muchacha con la orgía de sangre. Poco a poco acercó un cuchillo afilado al cuello de K. Lentamente, dulcemente, le empezó a cortar la cabeza. Notaba un cosquilleo en el cuello nuestro amigo, y claro, empezó a caerle progresivamente la cabeza hacia un lado, le pendía como un colgajo en su hombro izquierdo. Separada ya del cuerpo, la chica cogió la cabeza y la puso frente al tronco de nuestro alucinado héroe. Podía mover el cuerpo, Dios santo -pensó-, ¿pero qué me está pasando? Movía sus manos sin dedos desde la distancia que separaba la cabeza de su cuerpo. No tuvo bastante la chica que entonces fue y le arrancó los ojos, eso sí con mucha ternura y una sonrisa de oreja a oreja. Una en cada mano, la muchacha estrujó las esferas oculares del joven hasta que explotaron. Había por fin terminado el trabajo. Se dirigíó hacia la puerta y se marchó. K veía colores y siluetas indescriptibles, pero no podía enfocar nada ya. Su cabeza sin ojos yacía en el suelo y su tronco despedazado, frente a ella. Ni en sueños hubiera imaginado que sería el protagonista de una película de las que tanto le gustaban.