Las personas viven inmersas en sus obsesiones y fijaciones, esclavas de sus apetitos en cada instante, al igual que los hambrientos zombis cuando avanzan inexorablemente hacia sus apetitosas víctimas. En la sociedad actual el yo busca al otro en el que verse reflejado, pero no puede hallarlo y eso lo sume en el miedo. El otro ya no devuelve como en un espejo los deseos, defectos y pasiones del yo. Al no poder salir de sus abismos infinitos y de sus interioridades, el yo ve a los otros como a seres huecos, vacíos y autómatas que deambulan “todos igual”, como una horda que repite de forma maquinal y sistemática las tareas que los tiempos modernos han preparado para ellos. La introspección narcisista en que vive sumido el hombre hoy día genera, apocalípticamente, una zombificación masiva de los demás a sus ojos. El entusiasmo por las interioridades de la conciencia arruina las voluntades de proyección externa. El yo apático, sin puertas ni ventanas, ve a los demás como “no humanos”, como seres bulto, degradados, atrapados también en su yo narcisista. Y los otros, claro, nos ven a nosotros con el mismo tedio, vacío e inhumanidad. Al yo aislado y narcisista no le alcanza a ver en los demás más que la corrosión de su deseo hecha otredad, extrañeza.
La construcción del sujeto pasa, pues, por la degradación del otro, que está tan descarnado como esos “muertos caminantes” llamados zombis, del mismo modo que yo parezco un amasijo infecto de llagas ante sus ojos.
Todos somos Narcisos ante un zombificado prójimo. En este contexto las relaciones afectivas del yo narcisista no soportan la cercanía, el tacto demasiado humano de los cuerpos, las muestras excesivas de afectuosidad, las declaraciones patéticas, las sinceridades rutinarias del odio y del amor. Asumimos el papel de zombi cuando nos presentamos ante los demás. Pero, claro, hay una necesidad de sentir, y es aquí donde aparecen los elementos mediadores, los nuevos protocolos de distanciamiento en las relaciones interpersonales. La distancia se convertirá, por ejemplo, en eje del erotismo. En este contexto hay que situar, entre otros elementos mediadores, las redes sociales y el doble mensaje que ofrece su cómoda instalación en la sociedad: al mismo tiempo que nos acercan a desconocidos de cualquier parte del planeta, nos distancian del vecino de al lado, del amigo con el que se chatea antes de bajar a la calle a tomar algo o de la persona a la que se quiere seducir.
Zombi conoce a zombi: este parece ser el camino emprendido.
[Se han extraído ideas para la elaboración de esta entrada del libro Filosofía zombi, de Jorge Fernández Gonzalo (ed. Anagrama). Finalista del Premio Anagrama 2011.]



