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dimecres, 12 de novembre del 2014

La horda sin aliento

Tras un largo período de tinieblas, aquí estoy de nuevo, no sé hasta cuándo. Veremos...

Releyendo 'La Caída en el Tiempo', de Emil Cioran, en raída edición de Monte Ávila editores comprada en el rastro/mercado de sant Antoni en Barcelona, he extraído algunos fragmentos que resultan absolutamente vigentes. Pertenecen al capítulo 'Retrato del hombre civilizado':
 
De qué sirve asombrarse o quejarse? ¿No están los simulacros por encima de la esencia, la trepidación por encima del reposo? Cualquier paso adelante, cualquier forma de dinamismo lleva consigo algo satánico: el progreso es el equivalente moderno de la Caída, la versión profana de la condenación.
    Si el progreso es un mal tan grande, ¿cómo es posible que no hagamos nada para desembarazarnos de él? En nuestra perversidad es lo 'máximo' que deseamos: búsqueda nefasta, contraria en todo punto a nuestra dicha. El movimiento es una herejía, y por eso nos atrae y nos lanzamos en él, depravados irremediablemente, prefiriéndolo a la ortodoxia de la quietud. Estábamos hechos para vegetar, para florecer en la inercia, y no para perdernos en la velocidad y en la higiene responsable de la abundancia de esos seres desencarnados y asépticos, de ese hormigueo de fantasmas donde todo bulle y nada está vivo.
   

    Estamos tan intoxicados con la civilización, nuestra droga, que nuestro apego a ella presenta todos los signos de la adicción, mezcla de éxtasis y de odio. Cualquier necesidad, al dirigirse hacia la superficie de la vida para escamotearnos las profundidades, le confiere un precio a lo que no tiene ni sabría tenerlo. La civilización está fundamentada en nuestra propensión a lo irreal y a lo inútil. Si consintiéramos en reducir nuestras necesidades, en no satisfacer más que las indispensables, la civilización se hundiría de inmediato. Así, para durar, se reduce a crearnos siempre nuevas necesidades, multiplicándolas sin descanso. La civilización, al agregarle a los inconvenientes fatales de la naturaleza los inconvenientes gratuitos, nos obliga a sufrir doblemente, diversifica nuestros tormentos y refuerza nuestras desgracias. Nuestros deseos, fuente de nuestras necesidades, suscitan en nosotros una constante inquietud. ¿Qué hemos ganado con trocar miedo por ansiedad? La seguridad que nos envanece sustituye la agitación ininterrumpida que envenena nuestros instantes, los presentes y los futuros. Resultado de las apariencias, cada deseo, al hacernos dar un paso fuera de nuestra esencia, nos ata a un nuevo objeto y limita nuestro horizonte.

   
    Culpables de querer realizarnos más allá de nuestras capacidades y nuestros méritos, fracasados por exceso, nos prodigamos sin tener en cuenta nuestras posibilidades y nuestros límites. De ahí nuestro hastío. Que la naturaleza es algo corrompido es innegable, pero el mal de la civilización viene de nuestras obras o de nuestros caprichos. Si pudiéramos abstenernos de desear, de inmediato estaríamos a salvo de un destino. 
    ¿Es realmente para ganar tiempo que se inventaron esos aparatos? En medio de esos paralíticos al volante que han abolido el uso de las piernas, el caminante parece un proscrito o un excéntrico. Más desprovisto, más desheredado que el troglodita, el hombre civilizado no tiene un instante para sí; incluso sus ocios son enfebrecidos o agobiantes: un presidiario con licencia que sucumbe en el aburrimiento de no hacer nada (...).
   

    Mientras más se diferencia y complica la civilización, más maldecimos los lazos que nos atan a ella. Los males inscritos en nuestra condición son superiores a los bienes. Desprovisto del descanso necesario para ejercitarse en la auto-ironía , se priva también de cualquier recurso contra sí mismo. Las máquinas son el resultado, y no la causa, de tanta prisa, de tanta impaciencia. No son ellas las que impulsan al hombre civilizado a su perdición; es porque ya iba hacia ellas que las inventó como medios para perderse más rápidamente y con mayor eficacia.

diumenge, 17 de juliol del 2011

Estrangulado



¿De qué proviene que, en la vida como en la literatura, la rebelión, incluso pura, tenga algo de falso, mientras que la resignación, aunque brote de la abulia, da siempre la impresión de lo verdadero?

Vivir es una imposibilidad de la que no he dejado de tomar conciencia, día tras día, durante, digamos, cuarenta años...

No es tan mórbido el exceso como la ausencia de miedo. Pienso en esa amiga a la que nada asustaba jamás, ni siquiera podía representarse un peligro, fuese del orden que fuese. Tanta libertad, tanta seguridad, debían llevarla un día derecha a la camisa de fuerza.

Incurable: adjetivo honorífico del que no debería beneficiarse más que una sola enfermedad, la más terrible de todas: el Deseo.

A ciertas horas, en lugar del cerebro, sensación muy precisa de nada usurpadora, de estepa que ha sustituido a las ideas.

Sufrir es producir conocimiento. 

Es parloteo toda conversación con alguien que no ha sufrido.

Mientras que la tristeza se justifica tanto por el razonamiento como por la observación, la alegría no reposa en nada, pertenece a la divagación. Es imposible ser feliz por el puro hecho de vivir; se está triste, por el contrario, desde que se abren los ojos. La percepción como tal vuelve sombrío, los animales son testigos. Solo los ratones parecen estar alegres sin esfuerzo.

Mirad la jeta de quien ha triunfado, de quien se ha esforzado, no importa en qué campo. No descubriréis en ella la menor huella de piedad. Tiene madera de enemigo.

Lo que espera un amigo son miramientos, mentiras, consuelos, cosas ellas que implican esfuerzo, trabajo de reflexión, control de sí mismo. La permanente preocupación de delicadeza que la amistad supone es antinatural. ¡Pronto, indiferentes o enemigos, para que se pueda respirar un poco!

No se debería experimentar ninguna clase de inquietud mientras se dispusiese de la idea de mala suerte. En cuanto se la invoca, se apacigua uno, se soporta todo, se está casi contento de sufrir injusticias y quebrantos. Como todo se hace inteligible para ella, no hay que asombrarse de que el bruto y el despierto recurran a ella del mismo modo. Es que no es una explicación cualquiera, es la explicación misma, que se refuerza con el fracaso inevitable de todas las otras.

Estás obsesionado por el desapego, la pureza, el nirvana, y empero alguien susurra en ti: "Si tuvieras el valor de formular tu deseo más secreto, dirías: 'Quisiera haber inventado todos los vicios'."

Después de algunas noches, debería uno cambiar de nombre, porque ya no se es el mismo.

El hombre, ese exterminador, odia todo lo que vive, todo lo que se mueve: pronto se hablará del último piojo.

Cada ser es un himno destruido.

Cuando uno sabe que todo problema no es más que un falso problema, se está peligrosamente cerca de la salvación.

A veces uno piensa que más vale realizarse que dejarse ir, a veces se piensa lo contrario. Y se tiene enteramente razón en los dos casos.

El caído es un hombre como todos nosotros, con la diferencia de que no se ha dignado a jugar el juego. Le criticamos y le huímos, le guardamos rencor por haber revelado y expuesto nuestro secreto, le consideramos a justo título como un miserable y un traidor.



[Fuente: Fragmentos extraídos de E.M. CIORÁN: Pensamientos estrangulados. Del libro: El aciago demiurgo. Traducción: F. Savater. Taurus Ediciones. Ed. 1986.]