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dimarts, 21 de gener del 2014

Breve encuentro - microrrelato de torsofuck

 Atravesando las arterias del cementerio de Rollin, zozobro cabizbajo en mi ocaso, circulando plomo por las venas de la carne que arrastro sordo entre efluvios gorgoteantes de hedor maligno, abismándome en mí mismo todos los días hasta el infinito de la repetición. Hoy, la gibosa se encuentra en una fase que repetirá cada mes, como sometiéndose a un ciclo eterno, sin otra alternativa, como quien sangra cada periodo, esclava de una naturaleza, escuela de Satán.

De súbito, ante mí, una Ebony Big Ass sobresaliendo de una tumba a falta de espacio vital, impeliéndome, ante tamaña provocación, a adentrar mi bestia tumefacta a través de las Criptas de Lieberkunn y, a continuación, las Columnas de Morgagni, habiendo llegado, no sin maquinal agitación, al arrobamiento. Al salir del agujero negro, miles de gusanos habían entrado por mi uretra e iban devorando, cual pirañas famélicas, el interior de mi hinchada verga, que desapareció como tal en breves instantes. Un chorro de sangre de plomo plateada brotaba de mi entrepierna sin pausa.
En la encrucijada del cementerio se erguía un árbol invertido con tres raíces apuntando al cielo, tres troncos y dos gruesas ramas en tierra. Me ahorqué en la rama derecha. Mis pies apuntaban hacia el cielo desafiando la gravedad y el chorro de sangre continuaba como hasta el final de los tiempos, algo difícil de concebir.

La atroz composición fue engendrada como obra de arte titulada Fuente, firmada por Bruce Naumann. Fue trasladada a la Place de la Concorde de París.

Es así que he alcanzado la inmortalidad en vida: Miles de curiosos admiran boquiabiertos la fuente con una indisimulada admiración. Soy grandioso.

Incluso pude deleitarme en 1979 con la interpretación de la pieza Oxigene 4 de Jean Michel Jarre en mi honor en el famoso concierto que reunió a un millón de personas en la plaza.

Microrrelatista: torsofuck


dimarts, 15 de novembre del 2011

Inercia


Es una mañana lluviosa y sombría. Me he despertado sin ánimo y cansado. Tengo que levantarme para hacer algo, pienso. Si fuera por mí, permanecería por un tiempo indefinido en el lecho caliente. Pero no puede ser. ¿Quién lo dice? Nadie. La voz de la conciencia, tal vez. En fin, que, sin ganas, me incorporo, me aseo mínimamente y me pongo a desayunar. Cuando acabo con las galletas y el yogur, enciendo mi salvavidas: el aparato de CD. Escojo para la mañana un disco de piano solo de Keith Jarrett y dejo que fluya la música en mis oídos. Escuchar música es una actividad receptiva no activa, o al menos eso pienso. No tengo nada que hacer, estoy de baja laboral. Tengo todo el tiempo del mundo para desarrollar la actividad que quiera, pero no tengo fuerzas. Decido no hacer nada.

No hacer nada siempre lo he considerado un arte. Muchas personas necesitan hacer algo con su tiempo. Yo no preciso hacer nada. Mejor dicho, no sé qué hacer y a eso le llamo que no deseo hacer nada. Cada uno se engaña a su modo. Ya no me atormenta. Estoy en una fase en que pocas cosas me importan demasiado salvo sobrevivir. Es lo único. Algo es algo.

Nunca he sabido vivir y disfrutar mínimamente de la vida (o al menos esa idea y sensación tengo de mí). Al principio -de joven- me angustiaba, me sentia impotente porque no sabía o no podía gozar de nada. Debido a mi incapacidad y al aburrimiento soberano en que me hallaba sumergido casi siempre, busqué hacer cosas extravagantes, y me junté con gente, diríamos, un poco rarita. Lo que algunos llaman gamberros, frikis, etc. Sentía cierta afinidad por las personas que hacían cosas que se apartaran un poco de la normalidad y la convención. Nunca he soportado -y de adulto esto se ha agudizado- llevar un vida convencional. Me aburre y me asquea. Sucumbir a las obligaciones intolerables de la gente de mi edad -cuarentena- me produce náuseas. Así me va. No sé por qué cuento estas cosas, seguramente no tienen demasiado interés. Casi nada lo tiene para mí. Pero así me siento.