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dijous, 24 d’abril del 2014

Absurdo

Un día de primavera. Aparece el tedio ante el vivir repetitivo de la vida cotidiana. La falta de energía ante la segura derrota que nos espera. Autoengañarse para seguir cada día repitiendo los mismos actos absurdos. Las victorias aparentes de los semejantes, su alegría obscena… No existen palabras para describir la impotencia de ver esas cosas y la incapacidad para que alguna tome algún sentido para nosotros. La escritura no tiene nada que ver con la vida, son solo palabras que hablan de ellas, no de la vida. Respirar, solo eso debería ser suficiente para existir. Cuando uno ha estado cerca de la muerte, ha agonizado de forma momentánea y visto el absurdo en los ojos de los demás, el pavor, pocas cosas necesitan corroborarse más. Pero seguimos y nos autoengañamos, nos espera un sufrimiento infinito por inútil..
     La fragilidad humana es total y no se es consciente. El tiempo de la vida es limitado y lo pasamos haciendo cosas ridículas, absurdas e inútiles, tales como trabajar, navegar en Internet, ver la tele, escribir, qué se yo. Nada tiene ningún sentido, acaso solo respirar, al menos para nuestro organismo.
     ¿Cómo seguir arrastrándonos cuando conocemos que nada tiene ni tendrá sentido alguno, y que todo pasará y será borrado por nuevas generaciones estúpidas que repetirán la misma estupidez? Solo hay que mirar a los ojos de los semejantes. ¿Qué vemos? Nada. Un vacío. Los demás existen en su aislamiento. La fragilidad fascinante de los cuerpos que andan ante nosotros, y sobre todo esas caras de absurda satisfacción, de patética tristeza, de dolor inenarrable que creemos adivinar en los rostros de los demás. El misterio de estar radicalmente solos, aislados ante la nada, y tener que soportar la inconsciencia alrededor, la presión del ruido, de las estupideces infinitas para llenar el vacío, la herida supurante que nos desangra lentamente.
    Es una enfermedad la vida, un tránsito carente de sentido. Hacer cosas, cada día, a cada instante para nada. Pasar el tiempo como si fuera eterno. Miedo a acabar con todo, reírse de todo, llorar por todo, de nada sirve nada. La tierra se lo traga todo y luego vuelve a vomitar lo mismo, la misma historia con diferentes actores se repetirá y continuará la carrera sin sentido. Un dolor insuperable.

dilluns, 25 de juliol del 2011

La conga


Estaban todos reunidos alrededor de una mesa. Era una comida de trabajo, para “despedirse” antes de vacaciones. Allí estaban los esclavos del maldito castigo bíblico, reunidos en un ágape para decirse las cuatro, o quizá cinco, tonterías de siempre. Lo más interesante y peligroso de estas reuniones es que en ellas a veces se hacen o dicen cosas que pueden resultar cómicas, aberrantes o directamente comprometedoras. Así pues, tras beber una cervecita fresquita en una terracita bajo un tórrido solecito, los comensales, compañeros de trabajo, se distribuyeron en una mesa del interior del restaurante, de estética lounge, con colores pastel en sus paredes, muebles retro… un sitio verdaderamente ‘chic’. Eran doce personas, 4 mujeres y 8 hombres, para ser exactos. El ambiente de la reunión era bastante típico, lleno de cruces de frases vacías, aunque se adivinaba cierto aire crispado bajo las ‘sonrisitas’. Recuerdo que un compañero empezó a criticar ferozmente a una antigua compañera de trabajo: hablaba de su cambio de orientación sexual tras 7 años de matrimonio. Nada nuevo, claro. Pero también empezó a explicar cómo, cuando estaba en la empresa, golpeaba las teclas de su ordenador para simular que trabajaba, sin hacer nada obviamente. Hacía un ruido ridículo y patético cuya intensidad era proporcional a sus ganas de escaqueo. Para ocultar su inactividad, la chica, al parecer, dirigía miradas de una intensa seriedad hacia los compañeros y compañeras de trabajo: “Estoy muy ocupada y centrada en mi tarea, que nadie me moleste”, decían sus ojos. Todo el mundo sabía de su escaqueo, claro, pero es que todos hacían lo mismo, en mayor o menor medida, cuando podían. Otro de los comensales, de semblante enfermo, pese a que nadie sabía a ciencia cierta cuál podía ser la causa de su mal aspecto, empezó a servir el vino. A medida que discurría la comida, la gente fue entrando en calor, hasta que se llegó a ese momento entrañable en que algunos pierden el control. El chico de aspecto mórbido, transcurrido un rato, se levantó de la mesa y se dirigió a una pequeña mesita donde había un jarrón lleno de flores amarillas. A su lado estaba una de las compañeras de trabajo, muy delgada, por cierto. Del bolsillo izquierdo de su pantalón, la muchacha sacó una bolsita o algo por el estilo. Al cabo de unos instantes armó cinco rayas de coca en la mesita. De manera paulatina y ordenada, algunos de los comensales empezaron a esnifar las diferentes rayas. El ritual se repitió en tres ocasiones. Hasta la camarera, con un tatuaje de Fumanchú en la parte superior del brazo izquierdo, se animó a esnifar. La cuestión es que la gente empezó a entrar en un estado bastante alterado y excitado. Las risotadas y las salidas de tono iban en aumento, así como las esnifadas. El polvo blanco dio lugar a otro tipo de ‘polvo’. Se levantaron eufóricos los trabajadores y empezaron a hacer una conga, sin pantalones ni faldas. Luego se quitaron la ropa interior. Por supuesto, todo era muy morboso y 'excitante'. Uno tenía la sensación de estar asistiendo a algo diferente y estimulante. Hasta la camarera se apuntó. Iban bailando y sodomizándose convulsivamente al son de una canción que iban cantando. La verdad es que esa pérdida de control no la había visto nunca en una comida de trabajo. Pero uno ya se acostumbra a todo. Al cabo de una hora, y estando todos ya vestidos y contentos, se sentaron en la mesa. El jefe, el chico con cara de estar enfermo para ser más precisos, empezó entonces a pronunciar un discurso de una extraña seriedad. Informó a dos compañeros de que iban a ser despedidos en ese mismo instante. Las personas afectadas se quedaron inmóviles y angustiadas. Al cabo de media hora, el jefe les comunicó que se trataba de una broma, pero que se fueran preparando. Nadie pareció sorprendido por esa broma pesada. Luego todo transcurrió “con normalidad”. Cada uno se marchó a su casita.

dimarts, 19 de juliol del 2011

Pesadillas con cuerpo


La vida se convirtió en algo parecido a una pesadilla hace ya mucho tiempo. O quizá siempre lo fue. La intensidad de los días, el fulgor de la existencia se fue apagando de manera progresiva y sin remedio. Las sensaciones se fueron diluyendo, las percepciones, desgastando y difuminando por una inquietud las más de las veces sin razón. Nació, no se sabe por qué ni cómo, un sufrimiento difícil de describir con palabras. Se apoderó de todo. No se trata de que uno desee morir, más bien se quiere descansar para no sufrir más, reposar de una angustia estéril pero corrosiva en extremo que no se puede controlar. Más que sentir placer o ser más o menos dichoso, uno necesita un poco de serenidad. Solo eso. La renuncia a los placeres de la vida, uno casi no recuerda cuando le fue invadiendo y atenazando ese estado, ese sopor persistente, mórbido. Y lo que es peor: No saber si se nació con el problema, si el problema se fue adueñando de uno con el paso de los años y las experiencias acumuladas, o si en realidad el problema es estar vivo y no sentirse vivo. Esta existencia ahogada y desdibujada en un sinsentido profundo, permanente e invalidante convierte a uno en poco menos que un cuerpo sufriente con una cabeza enquistada en un torbellino de discursos que solo conducen a un bucle de sinsentido. Cada día es igual de gris o doloroso. No poder expresar el malestar extremo que uno siente porque su intensidad bloquea el verbo, la expresión, no alcanzan las palabras, ya no expresan nada. El desgaste psicológico que se siente es tan abrumador que es preferible dormir y no despertar nunca más. La energía pasa de ser torrencial a nimia, depende de las circunstancias, la cuestión es que gastarla nunca conduce a ningún fin. Uno se debilita por y para nada. Parece que se han recorrido kilómetros y el cuerpo no se ha movido de la silla, eso bien lo sabe el tormento que ahoga la cabeza. Vivir sin vivir, sufrir más allá de sufrir. Un paroxismo de los sentidos, una hipersensibilidad insoportable y paralizadora se apodera de uno. La vida ya no es vida: es una no-vida disfrazada de vida. Una caricatura de vida. A ese cúmulo de sensaciones psicológicas y corpóreas de angustia incomprensible uno las llama pesadillas con cuerpo, el enclave físico y metafísico donde anida el no sentirse vivo pese a estarlo. Una zozobra andante, un organismo atestado de dolores y frustraciones, que aúlla en un desierto de interminable malestar. Ese ser es el que yace aquí, ahora.


NADA, pincha aquí:
ALTAZOR, Vicente Huidobro (Canto I):

dimecres, 13 de juliol del 2011

Deprisa, deprisa


 -Oye, ¿estás bien?
-Sí claro, com siempre.
-Pues tu cara parece decir lo contrario.
-Mi cara que diga lo que quiera, lo que importa es lo que diga mi boca.
-Tranquilo, no quería importunarte.
-Pues lo parece.
-Si no te importa, quería comentarte una cosa.
-Si te digo que me importa, ¿qué vas a hacer?
-No contártela...
-Empieza.
-He matado a un ciclista.
-No me extraña. Creo que el tema empieza a interesarme.
-Hace tiempo que casi no puedo andar por la calle sin tropezarme con ciclistas.
-¿Y eso te extraña? Si solo fueran los ciclistas: ¿y los que van con patinete? Están por todas partes: la cuestión es ir rápido.
-Pero yo creía que ir en bicicleta era para pasear tranquilamente, no para correr como un loco por encima de las aceras.
-Te equivocas. Hoy casi nadie pasea. La gente corre, corre. Tiene mucha prisa.
-El caso es que ayer le tiré un hierro a la rueda de una bicicleta y el conductor saltó por los aires.
-Normal.
-¿Normal? Estoy asustado. Tras el incidente, me fui corriendo.
-Lógico, para evitarte problemas.
-El caso es que me he enterado de que el ciclista ha muerto.
-Uno menos.
-No digas eso. Se me fue la cabeza.
-Hiciste bien.
-¿Estás loco?
-No, yo también soy un ciclista.

dilluns, 11 de juliol del 2011

Una dicha desconocida


Estaba muy tranquilo esa mañana. Es muy extraño, la verdad, pues casi siempre me siento agitado. El odio y la ira indiscriminados hacia todo y hacia todos me invaden casi a diario. Me molestan las miradas, el tacto, los olores, los ruidos, las aglomeraciones, la saturación visual de las calles... Pero esa mañana, una misteriosa serenidad había impregnado todo mi ser. No me reconocía, tengo que reconocerlo. Una cara apacible, sonriente y relajada eran ese día mis señas de identidad internas y externas. ¿Será una pesadilla?, pensé. No lo era. Ese día yo era otro: el yo virtual que nunca sale a la superficie pero con el que dialogo en mi interior a menudo en soledad. Por un día el yo real, angustiado y atormentado, neurótico hasta la náusea, se había desvanecido. 

Salí a la calle y todas las miradas que se me cruzaron dejaron de molestarme, los malos olores me parecieron exóticos, hasta sensuales, y las aglomeraciones, como algo natural. Me sentía como un niño que sale a la calle por primera vez, muy receptivo a los estímulos, predispuesto al cruce agradable de miradas y a disfrutar de una mañana soleada: nada que ver con mi yo real, afligido, lleno de estigmas, traumas y represiones. Esa dicha me era desconocida: la alegría que irradiaba acaso es la que queda sepultada bajo la losa de mi yo real: el yo que trabaja, tiene responsabilidades, que desea insaciablemente, y que debe fingir y sortear todo tipo de trampas en esa jungla que llaman vida adulta.

Era domingo, claro, y no había ido a trabajar: ya sabemos cómo puede llegar a corroer la tediosa jornada laboral en una oficina donde casi todos se odian cariñosamente. A eso atribuía en parte mi bienestar, a que no tenía preocupaciones ese día; con todo, nunca antes me había sucedido algo parecido... y ya llevo unos cuantos domingos a mis espaldas.

Conforme fue avanzando el día, sin embargo, mi ánimo fue cambiando: mi yo virtual dejó de sonreír de forma paulatina y casi imperceptible y comenzó a refunfuñar. Las cosas empezaron a molestarme, primero poco, luego cada vez más. Parecía que todo volvía a ponerse en su sitio. En eso que mientras andaba pensativo, el manillar de una bicicleta me tocó el brazo izquierdo. Me puse a cien. Insulté al ciclista. La rabia y el odio impregnaron todo mi ser. La furia interna se había desatado. Esa accidente con la bici fue la chispa que justificaría mi ira en mi diálogo interno. Volvía a ser yo, el yo real al que tanto estaba aferrado -pensaba-, y todo volvía a ser anodinamente normal: estresante, absurdo, hostil, violento, incomprensible.

Volví a casa rabiando y encendí el ordenador. "¡Venga!", le pegué un golpe a la torre. Ya conectado al mundo, sin pausa inicié la lectura -es un decir- de periódicos, webs y blogs en internet. Sin propósito. Sin destino. Para pasar el rato. Como siempre. Estaba desorientado e irascible. Volvía a sentirme como de costumbre. Era yo otra vez. Respiré intranquilo.

divendres, 29 d’abril del 2011

Depósito de contenidos

 No sé si alguien ha considerado alguna vez la idea de que muchas personas puedan estar aprovechándose del esfuerzo efectuado por los creadores de blogs y webs. Periodistas, publicistas, etc., saquean contenidos (textos, fotos, pinturas digitalizadas, etc.) de blogs y webs sin pedir permiso, apropiándose de este material para fines crematísticos. ¿Verdaderamente se es consciente de esto? Puede ser que el nihilismo y la desesperación vital estén tan extendidos que nadie lo haya pensado con detenimiento. Para decirlo en otras palabras: hacer blogs o webs significa potencialmente trabajar gratis para que otros saqueen y se aprovechen de los materiales publicados. Apropiarse de fotos, cortar y pegar contenidos sin mencionar fuentes es trabajo gratis para muchos periodistas y demás profesionales que, sin escrúpulos, los usan para su propio beneficio. Luego, uno puede ver hasta en la tele sus fotos, por ejemplo (esto pasa sin cesar). Qué maravilla tener a un ejército de sufridos creadores de contenidos del más diverso pelaje para que otros saquen provecho económico. Un trabajo no remunerado, un esfuerzo baldío que, por otra parte, roba tiempo a la vida real si es que esta aún existe. Estar frente al ordenador creando entradas en blogs o webs es la pérdida de tiempo más brutal y absurda que hay. La noción de la realidad se está diluyendo a marchas forzadas por este motivo: la frontera entre "lo virtual" y "lo real" cada vez se está difuminado más -y con ello la percepción del paso del tiempo-, y lo mejor es que el proceso de disolución ha sido fantasma. Se pierde la consciencia de que lo que se escribe en la red, ya sea en blogs o webs, carece de entidad material y personal, asimismo. Lo que uno escribe puede encontrarlo en otro blog, por ejemplo, copiado. Si nadie hiciera negocio con ello, pudiera parecer más lícito, pero no es el caso. ¿Pero qué diablos está pasando aquí? ¡Se están regalando contenidos! ¡Se está trabajando gratis! ¿Por qué tantas personas han caído en la trampa de creer que esto de los blogs (o webs) constituye algo creativo -por decir algo- cuando, en el mejor de los casos, no es más que un “depósito de contenidos” donde volcar miedo, resentimiento, fobia, obsesión, manía, fantasía, o bien creaciones artísticas o seudoartísticas del más diverso pelaje gratis, para que -tarde o temprano- algún periodista o “creativo” sin escrúpulos de turno lo saquee y convierta en materia prima para sacar dinero? Es la vuelta de tuerca perfecta de la nueva sanguijuela capitalista: trabajadores gratis y sin consciencia de serlo.

Hacer un blog (o web) es trabajar gratis y sin saberlo (y si se sabe... mejor no entrar aquí...). Si hubiera un intercambio real de contenidos entre iguales la cosa quizá tendría algún sentido; ¡pero si "casi" nadie sabe quién hay detrás del avatar del blog o web de turno! Se trata más bien de un baile de identidades donde uno ya no sabe ni qué cree, ni qué piensa ni quién es. ¿Es está la nueva realidad que se nos presenta? ¿Es está la nueva Shangri-La? Sin duda, es la cárcel sin rejas.

La dimensión del engaño o de la estafa es tan mayúscula que es invisible. Volcar los problemas, las fantasías, las frustraciones, las creaciones, etc., en un blog significa, las más de las veces, no afrontarlos o no interactuar en la "vida real", si es que esta existe: se habla aquí del cara a cara con las personas, con los objetos, con la naturaleza, de la interacción en presencia, visual, táctil, carnal si se quiere, por decir algunas de las manifestaciones de lo que parecería que era hasta hace un tiempo "lo real".

El sistema creado es perfecto y debilitador. Mientras la gente volca todas sus energías en un blog o web [nadie queda excluido aquí], el mundo tecnológico-capitalista continúa campando a sus anchas en su proceso de depredación y destrucción del individuo y de la percepción del tiempo: una máquina de aniquilar personas, de “cohesionarlas socialmente”, un ejército de prisioneros de una farsa que no se sabe ni dónde comienza, para qué sirve ni cuál es su fin (ni su creador parece ya saberlo). Hacer blogs y webs es pues un trabajo fantasmático y "el rebaño de gente alienada" sin consciencia de serlo o sí (el culmen del nihilismo`, en este caso) que persiste en esta tragicomedia debería, como mínimo, “saber a lo que juega”. Probablemente, muchos lo saben. No hay película de terror que supere esta locura de no-realidad. El imperio tecnológico-capitalista ha creado un sistema perfecto de anulación de lo real, de creación de adicciones, un sistema para que millones de personas trabajen gratis sin saberlo y para que otros se aprovechen sin escrúpulos para fines crematísticos de ello. He aquí la tan cacareada emancipación que produce la Red: se trata de una especie de zombificación, podría decirse, del ser humano.

Es evidente que no hay salida, el negocio es perfecto, y el poder de seducción del sistema, infalible. Del mismo modo, aunque ya sería motivo de otra entrada, podría hablarse del "sentido" del bombardeo continuo de actualizaciones que, sin cesar, surgen para los navegadores, la presunta perfección de los blogs, etc. ¿Alguien ha pensado qué diablos significa este estar “en permanente estado de actualización” sin nada a lo que asirse? Parece todo transitorio, cada nueva actualización parece mejorar la anterior, ¿pero de qué sirve en realidad? Si se piensa un poco, de nada. O sí: para mantenernos entretenidos en un limbo peor que el de Dante. Es una carrera hacia ninguna parte. Seguramente, parece positivo e inocuo. No lo es. Esto afecta a todos los ámbitos tecnológicos (informática, telefonía móvil, cámaras fotográficas, de vídeo, etc). Se trata de un proceso de actualización permanente, de perfeccionamiento obsesivo para llenar las arcas de la tiranía instaurada y silente del mercado desatado. Es el triunfo de la trituradora tecnológico-capitalista, “la aniquilación feliz” y silenciosa del individuo.

dimarts, 12 d’abril del 2011

Homicidio


Una angustia indescriptible me atenaza en estos momentos. Un miedo irracional a matar a mi marido invade mis pensamientos:  creo que no lo podré evitar. No hay motivo alguno para hacerlo y por eso siento que debo hacerlo (algo más fuerte que la razón me impulsa). Un tremendo ahogo aprieta mi cuello; unas garras invisibles me asfixian. Los pensamientos que circulan por mi mente son espeluznantes y me paralizan. Fantaseo con la idea de asestar reiteradas puñaladas hacia la persona que más quiero, mi marido, lo que me provoca una espantosa sensación de pérdida del juicio. Lo amo tanto... pero una bestia muy poderosa se ha instalado en mi cabeza. La angustia va invadiendo progresivamente todo mi ser hasta sumirlo en un estado febril de excitante maldad carente de sentido. Esa pulsión irresistible e irracional me arrastra. Intentaría acabar con mi vida, pero soy muy cobarde. Mi cerebro va a una velocidad endiablada. Las ideas delirantes de asesinato y las ideaciones sobre el entierro de mi marido, con su familia en el velatorio y desgarrada de dolor, me hacen pensar que estoy enloqueciendo. Nada me puede parar, el impulso irrefrenable es casi físico. Quizá debería esperar a que tales ideas pasaran y a que el agotamiento mental hiciera bajar la intensidad sobrecogedora de estos pensamientos asesinos. Hay que detener el pensamiento en estas situaciones -supongo-, pero este circula como una avalancha ingobernable. Esta oleada de ideas homicidas hacia el ser que más quiero me resulta insoportable. La angustia se ceba sobre mi mente y me nubla. Es una locura pero estoy en ella sumergida. El destino está escrito. No puedo cambiar las fantasias asesinas que invaden mi mente. El sudor es tremendo y los temblores, cada vez más intensos. Empiezo a golpear brutalmente una pared, los nudillos me sangran con abundancia, pero no me duelen. En otras circunstancias, mis delicadas manos me hubieran ocasionado un intenso dolor. Quiero despertar ya de esta maldita pesadilla.

De repente, oigo como una llave se mete por la cerradura de la puerta. ¡Es él! Entra. Le miro. Me acerco y le beso como de costumbre. Cuando veo su espalda mientras se dirige hacia el comedor, las ideas asesinas circulan desbocadas por mi mente. No hay solución. Ante esa angustia indescriptible, intento hablar con mi marido. Le empiezo a explicar lo que me pasa por la cabeza y que tengo miedo de matarle. Al principio se asusta, pero luego intenta tranquilizarme. Me dice que él ocasionalmente también tiene ideas parecidas hacia mí, pero que nunca me lo había contado. Eso calma un poco mi malestar, aunque si he de decir la verdad, el desasosiego invade todo mi ser. ¿Estoy loca? ¿Está loco? Es una pesadilla real... Sin tiempo para la reflexión, noto un pinchazo y, a continuación, un dolor intenso; luego veo que algo está clavado en mi vientre. Levanto la cabeza y le veo a él: me acaba de asestar una puñalada con un objeto punzante, tal vez un cuchillo. Me mira con una cara inexpresiva, parece inhumano. Empiezo a debilitarme. Caigo al suelo malherida. Me desangro. Entonces noto cómo su mano me acaricia la cabeza para consolarme de mi dolor y yace a mi lado mirándome como a una desconocida.

dijous, 31 de març del 2011

Lo grotesco


Disfrutar del amargo sabor de lo desagradable es un placer de difícil comprensión. Acaso nadie o casi nadie ha reparado nunca en qué impulsa al deleite por lo repulsivo, lo aberrante y lo grotesco. Dado que la objetividad más allá del individuo no existe, se hace difícil establecer los límites y el alcance de las palabras, las sensaciones, las percepciones, etc. Partiendo de la base de que uno de los impulsos básicos e inherentes al ser humano es la comunicación, a veces hay que realizar un esfuerzo por intentar delimitar conceptos o ideas que puedan tener un mínimo consenso entre las mentes pensantes.

Grotesco. Esa es la palabra que le viene a uno a la cabeza en estos momentos. Si se considera el diccionario un artilugio útil -pese a que cuando uno busca qué significa una palabra el glosario de términos siempre le remitirá ad infinitum a otras palabras, es decir, a la pura confusión-, el de la Real Academia Española define grotesco [del italiano grottesco, derivado de grotta, gruta] como un adjetivo que hace referencia a lo ridículo y lo extravagante (empieza la confusión y la dispersión hacia otras palabras), a lo irregular, lo grosero y de mal gusto, y finalmente -derivado de grutesco [it. grottesco]- se refiere a "la gruta artificial". "Dicho propiamente de un adorno caprichoso que remeda lo tosco de la grutas, con menudas conchas o animales que en ellas se crían, más tarde con figuras de quimeras y follajes, de donde viene lo de extravagante y ridículo; imita los que se encontraron en las grutas, nombre con el que se conocen las ruinas de la Domus Aurea de Nerón, en Roma [aquí se ha introducido cierta información del Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana de Joan Corominas]". Definido el término se puede entrar en el océano de las interpretaciones.

Desde siempre, existe y ha existido el amor y la pasión por lo repugnante y lo nauseabundo, también por lo ridículo, lo extraño y lo excéntrico o raro (cabría definir aquí qué se entiende por cada palabra y cómo la entiende cada persona: es todo tan relativo...). El origen de esta fiebre por lo espantoso y monstruoso, así como por lo absurdo y demencial, se podría encontrar quizá en una cierta propensión a congraciarse con lo más temido: la muerte. La visita o el contacto morboso con lo que más escalofríos produce una y otra vez es posible que haga menos terrible asumir la propia mortalidad. Es como si uno se inmunizara de un virus de tanto estar en contacto con él, eso sí, sin infectarse. Se trata de regodearse en el tormento… pero sin mancharse (el sadomasoquismo y todas sus variantes -de un modo muy particular- podrían ser otro tipo de aproximación a lo mismo, pero hay que ir con mucha cautela y precisión al acercarse a este mundo).

En el fondo, hay en la pasión por lo grotesco y lo infame una pulsión tanatófila (a grandes rasgos, “amor o simpatía por la muerte”). Este disfrute ante lo nauseabundo siempre ha existido y existirá. Seguramente pueda abordarse el tema, con todas las reservas, desde el punto de vista psicoanalítico. Es posible que el miedo a mostrar afecto sea el desencadenante de esta atracción por lo grotesco. Se trataría de una desviación ante la imposibilidad de expresar sentimientos y emociones. Ese temor, espanto o parálisis que inhibe cualquier expresión emotiva o pasional estaría detrás de este amor por lo sucio, lo repulsivo, lo extravagante... De Eros (amor) a Tánatos (muerte). Pero aquí se estaría entrando ya en el terreno de la interpretación/especulación... De la que nunca se sale, por cierto. 

Se trataba solo de acercarse al concepto y la idea de "grotesco".

dimarts, 29 de març del 2011

Pesadilla


La vivaz impresión de realidad que ofrece el sueño es tan intensa a veces que resulta difícil, e incluso imposible, distinguirla de un hecho real. En la creencia de haber mantenido relaciones con el Diablo, los acusados suben al cadalso víctimas de su propia fantasía. El alma es una imagen humana sutil, inmaterial por su naturaleza, un vapor, una película o una sombra; es la causa de la vida y el pensamiento, es impalpable e invisible. Muchas personas ven siempre en la pesadilla un ataque sexual de parte de un demonio lúbrico. A la representación del deseo subyacente no le es permitido exhibirse en su forma verdadera: el sueño es una transacción entre el deseo y el intenso miedo proveniente de la inhibición. La sensación voluptuosa en sueños se haya casi siempre acompañada por un sentimiento desagradable. Cuando la noche ha aprisionado nuestra visión en su calabozo, el Diablo pide cuentas a nuestra conciencia. Cuando apoyamos la cabeza en el lecho lo hacemos sobre un nido de víboras. Por eso, los terrores de la noche son peores que los del día. La idea de que el coito puede ser realizado entre seres humanos y seres sobrenaturales está muy extendida en nuestro inconsciente. Los conventos, por ejemplo, se ven particularmente infectados por los íncubos, lúbricos demonios que visitan a las mujeres. Se establece entonces una relación a medio camino entre la atracción y la repulsión: la libido y el temor mórbido se confunden. A los hombres, por su parte, se les aparecen los súcubos. Estos seres repugnantes y demoníacos, que adquieren la forma de mujeres odiosas, abrazan al alucinado durmiente y lo sumen en un profundo horror. Imágenes repulsivas persiguen al hombre y lo obsesionan, sufriendo incluso alucinaciones genitales horrorosas. El tormento puede continuar al despertar y no cesar nunca. 

http://acuolenss.blogspot.com/2010/07/lo-invisible.html 

dijous, 17 de març del 2011

Cuando los sueños se hacen realidad

  Ese fin de semana K cogió, como de costumbre, un dvd de los muchos que almacenaba en su estantería. Tenía una auténtica colección de películas de gore, torture-porno, terror, serie Z y demás subgéneros de lo más variopinto. Acumulaba tantas películas que ni sabía cómo localizarlas. Esa era su gran afición. Bueno, también devorar grandes bolsas de palomitas ante su televisor panorámico "plasmático" cuando lograba localizar el enésimo filme de mutilación, tortura, zombies... Disfrutaba sobremanera cuando torturaban a las chicas que aparecían en las películas, les arrancaban los ojos, las violaban....  Y  mientras, K comía palomitas como un poseso y bebía cervezas sin cesar. La cuestión era disfrutar de la humilación,  la  tortura... Unas extrañas fantasías invadían su cabeza alienada y llena de frustración; por eso, gozaba ante el desfile de atrocidades que vomitaba su televisor. Era tan friki que ni se levantaba para ir al lavabo. Tenía un cubo donde hacía sus necesidades cuando se le llenaba la barriga. Cosa, por otra parte, muy habitual, puesto que tomaba una lata de cerveza tras otra. Así pasaba el rato los dos días del fin de semana. Un pobre diablo, sin duda. Pero un día, llamaron a la puerta. Era tarde, un sábado de madrugada. Miró por la mirilla. Era una chica espectacular y le estaba sonriendo. No se lo podía creer. Iba con un vestido rojo y con un escote de los que quitan el hipo... y otras cosas. Sin pensárselo, K abrió la puerta. La mirada de la chica era turbadora, escandalosa. Sin embargo, nuestro héroe empezó a sentir una extraña angustia. Esa cara... pensaba. Le era familiar. Juraría que la había visto... en una película. Y no en una cualquiera. Sin tiempo para la reacción, la chica le asestó treinta puñaladas, todas ellas bien dirigidas. La sangre empezó a brotar a borbotones del cuerpo del desdichado K. Ya en el suelo, notó que no sentía dolor alguno, lo cual le dejó paralizado y aterrado (eso sí era verdadero terror y en sus propias carnes; qué más podía desear). La chica se disponía entonces a atarlo en una silla, a lo que K no ofreció resistencia. Estaba absolutamente reventado y, pese a ello, no sentía ninguna molestia. Creía que se estaba volviendo loco. Empezó entonces la joven a cortarle los dedos de la mano derecha, mientras le sonreía con cara seductora. Ya sin dedos, pero sin sentir dolor, K vio cómo en ese momento la joven le cogió la mano izquierda. Repitió la acción. 5, 4, 3 2, 1 ... ¡sin dedos! Estaba muerto de miedo, pero, mutilado como estaba, y hecho una piltrafa, no sentía dolor alguno. Continuó entonces la bella muchacha con la orgía de sangre. Poco a poco acercó un cuchillo afilado al cuello de K. Lentamente, dulcemente, le empezó a cortar la cabeza. Notaba un cosquilleo en el cuello nuestro amigo, y claro, empezó a caerle progresivamente la cabeza hacia un lado, le pendía como un colgajo en su hombro izquierdo. Separada ya del cuerpo, la chica cogió la cabeza y la puso frente al tronco de nuestro alucinado héroe. Podía mover el cuerpo, Dios santo -pensó-, ¿pero qué me está pasando? Movía sus manos sin dedos desde la distancia que separaba la cabeza de su cuerpo. No tuvo bastante la chica que entonces fue y le arrancó los ojos, eso sí con mucha ternura y una sonrisa de oreja a oreja. Una en cada mano, la muchacha estrujó las esferas oculares del joven hasta que explotaron. Había por fin terminado el trabajo. Se dirigíó hacia la puerta y se marchó. K veía colores y siluetas indescriptibles, pero no podía enfocar nada ya. Su cabeza sin ojos yacía en el suelo y su tronco despedazado, frente a ella. Ni en sueños hubiera imaginado que sería el protagonista de una película de las que tanto le gustaban.

El tormento es gozo

- Cada día encuentro menos motivos para vivir.
-¿Y eso?
-Me siento vacío y sin perspectivas.
-¿Por qué?
-Si lo supiera.
-Creo que lo sabes.
-No.
-¿No deberías mirar dentro de ti?
-Lo hago a todas horas.
-¿Y?
-Nada de nada. Un laberinto extenuante me sumerge en una angustia sin límites.
-¿Busca más allá?
-¿Dónde?
-¿Cuándo empezaste a sentir esta desolación?
-Creo que desde la adolescencia, pero entonces no tomé consciencia.
-¿Pasó algo a lo que hayas concedido mucha importancia?
-Me torturaron cuando iba clase, se rieron de mí y me lanzaron por las escaleras del instituto. Hay muchas más desventuras.
- Una dura experiencia, pero la mayoría hemos sufrido experiencias negativas.
-Mal de muchos... De qué me sirve eso.
-¿Por qué vives atrapado en el pasado?
-No vivo atrapado en el pasado.
-Por cómo te explicas, parece que sí.
-Tú me has preguntado.
-Sí, pero tú has seleccionado ese episodio, por algo será. -¿Hay más?
-Sí claro.
-No es preciso que sigas.
-¿Por qué lo dices?
-Has de cambiar.
-¿Cómo?
-Has de vivir el presente.
-Eso parece un mantra de algún místico... No estoy para esas historias. Mi hermano se intentó suicidar tras dos años practicando meditación y todas esas cosas.
-No hablo de mística, hablo de atreverse a vivir el presente.
-Ya lo hago.
-Sí, pero atenazado por fantasmas del pasado.
-El tormento es gozo.
-Tú mismo te has dado la respuesta.
-He dicho esa frase al azar, sin pensar.
-Has dado en el clavo.
-¿Por qué?
-Te gusta el sufrimiento y te deleitas en él, ahí está tu mal.
-¡¿Pero cómo te atreves...?!
-Te recreas en el sufrimiento, pierdes tu energía: es lo más fácil.
-No puedo salir de ello.
-No quieres salir.
-¡Déjame en paz!
-Tú mismo, cierra las puertas.
-¡No me tortures!
-Pero si es lo que en el fondo te gusta: torturarte y despertar compasión.
-Si continúas así, me voy a enfadar.
-Enfádate.
-¡No me provoques!
-Te provoco.
-¿Por qué?
-Para que reacciones.
-¿Quién eres tú para hablarme así?
-Soy alguien que quiere ayudarte.
-No puede ayudarme nadie. Pienso en el suicidio.
-Me lo imagino. Estás atrapado en la erótica del sufrimiento y te deleitas con fantasías suicidas.
-¿Pero qué dices?
-Lo que oyes.
-¡Desaparece!
-Ahora mismo.

dilluns, 10 de gener del 2011

Nada

La nada nadea, y exhausta, se contornea. Algo que decir. Nada que decir. Palabras y más palabras. Un fuego incesante bulle en la cabeza y va a estallar en breve. Solo hay que empezar a pensar lo impensable y entonces las cosas cobrarán algún sentido. Desaprender lo aprendido. Eso es todo, eso es nada. Exhausto, el discurso se contornea. Que acabe aquí este suplicio. ¿Qué suplicio? Lo siento, lo noto. No se puede describir. El silencio corta más que las palabras. Una infinita e inexplicable agonía asola mi alma. No hay respuesta a esta cobardía. Pasan las horas, los días. La vida parece una enfermedad desde que perdí la serenidad. Inútil la lucha. A mi alrededor, el ruido y la furia. Ni un instante de pausa. Para qué, por qué. Nada que decir. Decir la nada. Solo decirla. Solo.

divendres, 31 de desembre del 2010

Atrapado

Un día frío y humedo, una lluvía fina, la calle y sus aceras mojadas, al abrir la puerta. Un desagradable dolor en todo el cuerpo me recuerda que existe algo aparte de mi cabeza. No pienso nada en concreto, casi nunca. Mi mente está sumergida en un encadenamiento de estimulos internos y externos que no me permite ver. Sería mejor no haber salido de casa. ¿Por qué lo hice? Sería mejor no haberlo hecho. Me limito a seguir, pese a que no quiero. Es el estéril morir cotidiano, no cabe duda: esa idea tan manida vuelve una y otra vez a mi cabeza. Miro a la derecha: mujeres mayores cargadas con pesos tremendos, niños con patinete, una mulata entrada en carnes habla a voz en grito con un chico negro de grandes labios que también vocifera: están el uno al lado del otro. Nada nuevo. Miro a la izquierda: un perrito negro dando saltitos me recuerda a un bola de espuma, ingrávido, dulce. Debería pensar: ¡es maravilloso! y sentir una gran emoción por estar vivo. El problema tal vez sea la palabra "debería" y todo lo que ese verbo implica en mi diálogo interno. Me siento culpable por no sentirme vivo. La muerte se aparece entonces y me recuerda: estás aquí y ahora, todo es único e irrepetible, aprovecha el tiempo. Nada, esa voz me tortura pero no me activa. Sin novedad. Es un funcionamiento automático de mi mente, como si no lo pudiera controlar o dirigir. Debe de ser tedio. ¡No!, deseo que todo sea emocionante e intenso. Nada suscita emoción alguna. Todo, como siempre, es aparentemente normal, ahí radica el problema. La falta de sentido de casi todo lo que ven mis ojos confiere a las cosas un extraño atractivo, acompañado, eso sí, de una dolorosa sensación de angustia indeterminada. Tiene y no tiene gracia el misterio de mi singular percepción, pero todo lo que pasa no es ningún chiste: alegrías, dramas... Un esfuerzo inútil siempre a mi alrededor. Como una losa externa. Un decorado turbio, ardoroso, violento, hostil. Es mi percepción. Estoy programado para ver así. Me siento vivo porque sufro este tormento. Resulta agotador contemplar tanto movimiento, ruido, olor, miradas, cuerpos, cartones, excrementos. Aparece y desaparece todo. No debería haber salido de casa. Pero lo hice. Mejor volver. Ya en el portal, abro la puerta y subo la escalera. La humedad lo impregna todo. Hoy es el último día del año. Mañana el primero de otro.

divendres, 17 de desembre del 2010

Arder

Los dedos martillean el teclado ante el blanco que va perdiendo espacio en la línea. Concentrado y aturdido al son inconexo de los persamientos que se van entretejiendo y que se materializan aquí ahora en palabras. Desaparece al escribir el impulso de lo escrito hasta ahora. Hay una ansia brutal de materialización en palabras del aliento desesperado contra el tiempo. Una resistencia inútil al empuje imparable hacia el fuego eterno. Un proyecto sin retorno hacia delante, ganando terreno al blanco pantalla. Mirar hacia atrás en el trayecto, un muro de palabras que llenan el vacío literalmente blanco del momento. Pero seguir en la guerra perdida de antemano. No es tormento gratuito sino lucidez. La grieta se va abriendo irreversiblemente. La distancia hasta la primera letra de este escrito es ya inalcanzable. No hay marcha atrás. Es preciso seguir adelante. No retroceder. ¿Para qué borrar estos pedacitos de puzle materializados en palabras que ahora, sí, ahora, me obligan a no parar hasta llegar aquí?

dimarts, 14 de desembre del 2010

Interferencia

Una tormenta de palabras, conexiones, imágenes, luces y otros satura a todas horas la cabeza. No poder mirar lo que nos rodea porque la bronca interior se interpone entre la cabeza y lo exterior. Como una permanente interferencia que no permite sintonizar el dial de la realidad. Cada vez intentar fijar la atención en algo que no forme parte del propio mundo interior. No poder. No ser capaz de salir de la propia cabeza.

La cabeza proyecta a través de los ojos y no ve cuando mira. No saber en qué medida se ve algo fuera del proyector visual. ¿Qué ven los ojos? Rostros, paisajes... ¿Cuánto hay de ellos y cuánto de nosotros al enfocar nuestros ojos hacia los mismos? Un misterio indescifrable nos separa (o nos une en la soledad de lo distinto) de lo que nos rodea.

El mundo exterior existe, de eso no hay duda. Mas es imposible saber qué diablos hay allí fuera ante nuestros ojos. ¿Qué vemos aparte de lo que estamos programados para ver? ¿Se puede reprogramar nuestro "disco duro" para poder acercarnos de algún modo a la entidad real de lo que vemos?

[Ta vez, las diferentes técnicas de meditación o por ejemplo la respiración abdominal limpian de "archivos inútiles" nuestro ordenador cerebral y nos permiten afinar más la visión de lo que nos rodea: podremos ver momentáneamente con ojos nuevos hasta que el ruido de la cabeza vuelva a interferir.]

Conceptualmente hablando, acaso la diferencia entre lo que se ve y la realidad en sí de lo visto tenga alguna similitud con la diferencia existente entre cómo oímos nosotros nuestra propia voz cuando hablamos y cómo la oyen los demás, o cuando se escucha en una grabación. El mismo sustrato pero diferente percepción. Es solo una aproximación tangencial a la escisión entre el yo y el no-yo.

La realidad es una perfecta des-conocida para nosotros pese a que estamos programados para estar en ella.

dijous, 25 de novembre del 2010

Isla

Una angustia lo disuelve todo súbitamente. Se apagan las luces. Silencio. No sabe uno para que creó el blog, sin embargo continúa con él. ¿Inercia? ¿Necesidad de recibir unos golpecitos en la cabeza? ¿Afán de reconocimiento? ¿De qué? ¿Para qué? ¿Fama? Ni hablar. Los blogs son como voces en el desierto que gritan, almas desesperadas que lloran. ¡Aquí estoy!, ¡soy yo! ¡Leedme! ¡Mirad mis cosas!

Esto no es más que un torrente fanático y grotesco de catarsis histérica, una catarata de energía volcada en las entradas. No importa que nadie vea lo que uno publica ¿o sí?

Miles de blogs. Pocos leen y ven en realidad el contenido de los otros blogs. Esto es como una conversación sorda: escuchar, más bien hacer ver que se escucha, sólo para colocar el propio mensaje. Hay que dar apariencia de diálogo. Pero no cuela, no. Esto es una comunión de soledades. Egos rotos en un trip de comunicación-incomunicación. No importa lo que digan o escriban los demás en sus blogs. A uno le importa su blog, su ego, sus cosas. Uno deja mensajes en otros blogs para que le respondan, no porque le interese lo que lee o ve en el otro blog. Así, la mayoría de veces.

Pese a todo, continuaremos, como Sísifo, en esta isla medio auténtica, medio falsa, en un mar de vacío como es la Red.

[Escrito por Espectro X]

dimecres, 3 de novembre del 2010

La zona

Los tres hombres yacían sin mirarse, espalda contra espalda, en el suelo de una estancia en ruinas. Para qué se habían dirigido allí nadie puede saberlo con certeza. Los anhelos que mueven a las personas son a menudo desconocidos hasta para ellas mismas.

El trayecto hacia ese espacio abandonado donde se encontraban había sido duro, trufado de peligros, reales o imaginarios. El habitáculo se hallaba en una zona indeterminada, en un espacio extenso y salvaje, mezcla de naturaleza desatada, ruinas de fábricas en desuso, chatarra de vehículos y carros de combate solitarios y mortecinos, corroídos por el tiempo. Lo que destacaba de aquel paraje era el silencio, un silencio sobrecogedor, que pone a uno ante sí, sin secretos, desarmado.

Los tres hombres se habían citado dos días antes en el único bar de un área insalubre, plagada de fábricas humeantes y donde el ruido de los trenes de carga que hasta allí llegaban era ensordecedor. Alejo, un escritor en plena crisis creativa había acudido el último al encuentro. En la diminuta mesa redonda al fondo del bar le esperaban Ricardo, un científico de aspecto algo descuidado, y un tal Puercoespín.

El motivo por el que los tres se habían reunido en torno a esa mesa era porque Puercoespín conocía un extraño territorio donde se podía acceder a un habitáculo en el que uno puede cumplir sus deseos. Él era el único que creía en la existencia de aquel espacio en el que se hacen realidad los anhelos más ocultos y cuyo origen tal vez fuera extraterrestre.

Tras charlar un rato, los tres abandonaron el bar y, con Puercoespín haciendo de guía, se adentraron en aquella zona misteriosa, a la que al parecer nadie se acercaba y que era custodiada por una especie de ejército secreto. Corrían rumores de que muchos habían enloquecido o se habían suicidado en ese paraje por motivos absolutamente desconocidos e incomprensibles. La soledad y abandono de la zona se debían a esas terribles sospechas, pero también a causa de las conjeturas sobre el hecho de que allí habían aterrizado naves extraterrestres. El acceso estaba vigilado por este motivo.

De la mano de Puercoespín, Alejo y Ricardo -escritor y científico, respectivamente- pudieron sortear, no sin dificultades, a los vigilantes de aquel territorio al que se dirigían. Ambos deseaban acceder a aquel habitáculo en el cual Puercoespín les había explicado que se cumplían todos los deseos. Ni el escritor ni el científico creían en realidad que aquello pudiera ser cierto, pero, quién sabe si por tedio o desesperación, los dos se habían adentrado en esa zona.

Puercoespín conocía aquel territorio y explicó a los escépticos acompañantes que en ese espacio la línea recta era imposible de seguir para dirigirse a un sitio concreto. Un insólito fenómeno hacía que, a cada paso, el camino cambiara por completo, y lo que por unos instantes parecía estar a una cierta distancia, una roca, por ejemplo, al acercarse se convertía en una charca amarillenta de líquidos tóxicos con todo tipo de artilugios flotantes: jeringuillas, cascotes, tijeras, balas, hasta un cráneo diminuto que bien podía haber pertenecido a una rata. Sin duda, se trataba de un espacio incierto y peligroso. Pero lo más sorprendente era lo que Puercoespín comentó al escritor y al científico: lo que hacía cambiar la zona continuamente era la voluntad de los individuos que en ella se adentraban. Así, la sensación de peligro creaba el peligro en la zona, y el estar seguro y tener fe hacían que el espacio fuera más controlable y menos amenazador. Era una zona que cambiaba, pues, por la acción de la mente.

Saltaban, sorteaban obstáculos y discutían entre sí los tres hombres mientras se dirigían -nunca en línea recta- al destino que Puercoespín, el creyente, les señalaba: el habitáculo donde se cumplen los deseos.

El escritor hacía tiempo que se encontraba sumido en una crisis creativa, dudaba ya del sentido de su verbo; acaso aquel extraño destino podría ser una fuente de inspiración que lo apartara de su estancamiento. Por su parte, el científico parecía obsesionado en criticar lo que, a su modo de ver, eran alucinaciones de Puercoespín: odiaba su fe en la zona y en aquella estancia mágica en la que se cumplían los anhelos más ocultos. Pese a todo, continuaba el camino.

Pasadas unas horas, y después de traspasar un espacio informe de ruinas y sumergirse en una especie de bautizo bajo unas aguas estancadas, accedieron al habitáculo. Entraron, pues, en la estancia y permanecieron ante la habitación donde tenía lugar el fenómeno por el que estaban allí.

Una tremenda angustia fue invadiendo, poco a poco, al científico y al escritor. Tenían miedo de que se realizaran sus deseos más ocultos y temían que éstos no coincidieran con lo que ellos creían que anhelaban. Ese estado les atenazaba e impedía dar el paso definitivo hacia la habitación. Les amedrentaba que se hiciera visible lo que realmente ansiaban, sus más profundos deseos.

De repente, el científico se levantó y sacó una pistola. Dirigía el arma en todas direcciones, el dedo estaba tenso en el gatillo. Puercoespín, lleno de lágrimas y desesperación, se abalanzó sobre él, para evitar que cometiera un disparate. Aquel era el único lugar que verdaderamente daba sentido a la vida de Puercoespín, el motivo de su fe. Él había conducido al científico y también al escritor, que en aquel momento yacía en el suelo con la mirada perdida, para ayudarles a realizar sus deseos. Que no quisieran verlos materializados no entraba en la cabeza del creyente. El acceso a esa supuesta felicidad objetivable podía desenmascarar dolorosamente los verdaderos anhelos del científico y del escritor y revelar la hipocresía y farsa en que habían vivido hasta entonces, una impostura tal vez inconsciente. Tras el forcejeo, el científico dejo caer el arma al suelo y cayó de rodillas desconsolado.

Tras esta situación de tensión, los tres se sentaron y permanecieron mucho tiempo en silencio, espalda contra espalda, ante la habitación donde se realizan todos los deseos.

Escrito por Espectro X

dimarts, 12 d’octubre del 2010

La lucha perdida

La radical consciencia de la finitud puede ser un alivio o un horror, según como se mire. El alivio vendría porque, con la certeza de que "la partida" está perdida de antemano, uno puede actuar ardorosamente en cada acto de su vida, en cada instante, agotando hasta la última gota del tiempo, sin importarle nada ni sentirse culpable por nada (saber que la vida es una instante y la muerte toda la eternidad ayuda a tomar decisiones cuando la consciencia está despierta).

En cambio, la consciencia de la finitud puede sumir en el horror y el espanto porque uno no podría soportar hacer la mayoría de cosas que hace a lo largo de sus días sabiendo cómo acaba todo. Qué duro puede resultar, las más de las veces, el tener la sensación de "perder el tiempo" -en el mal sentido de esta expresión, claro, pues, se haga lo que se haga, el tiempo siempre se pierde-. La actitud pasiva, expectante ante el morir cotidiano puede ser desesperante, asfixiante y angustiosa. La certeza de que nos espera una eternidad de muerte puede sumergirnos en un abismo emocional de difícil salida (algunos opiáceos virtuales pueden ser de ayuda para pasar el tiempo... hacer un blog, sin ir más lejos, ver la televisión... aquí podríamos establecer jerarquías, claro está).

Una tercera vía podría ser la adopción de una actitud estoica, contemplativa. Digerir -cosa nada fácil- el destino fatal y el absurdo extremo de cualquier esfuerzo en esta vida y, pese a todo, disfrutar de esa lucha y admirar maravillados tantos sacrificios y peripecias titánicas para seguir adelante.

Hay algo grandioso en esa trágica lucha para quien lo sepa captar.

Escrito por Espectro X

dijous, 30 de setembre del 2010

El tormento es gozo

Al tomar conciencia de lo absurdo, uno pasa a quedar atado a él para siempre. Los dioses condenaron a Sísifo a empujar una roca eternamente hacia lo alto de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Pensaron, con cierta razón, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Aferrarse demasido a la vida nos arrastra a este suplicio en el que todo el ser se dedica a no rematar nada.

La persona que trabaja todos los días, en las mismas tareas durante toda su vida, tiene un destino igual de absurdo. Pero hay que ser consciente de ello, entonces se abre la tragedia: conocer esa miserable condición en toda su amplitud. La clarividencia de ese tormento puede dar, pardójicamente, un poco de luz. Hasta se puede gozar del tormento. Así, uno se acostumbra a pasar 8 horas diarias de su vida en el lugar de trabajo y hasta se lo puede pasar medianamente bien. La roca -angustia- es demasido pesada de llevar: las verdades aplastantes desaparecen al ser reconocidas.

La felicidad y el absurdo son dos hijos de la misma tierra. A veces, hasta el sentimiento absurdo nace de la felicidad. El hombre absurdo dice sí y su esfuerzo no cesa nunca. En la lucha atormentada puede estar la dicha.

dissabte, 25 de setembre del 2010

La foto iluminada

El fotógrafo enfocaba desde hacia horas a la muchedumbre desde un balcón situado en un ático de una finca que se hallaba en una esquina de la plaza. Un castillo humano se estaba elevando en el centro de la misma y era el objetivo hacia el que orientaba la cámara. Una multitud variopinta miraba absorta y fotografiaba con sus móviles y otros artilugios cómo ascendía el castillo humano. El espectáculo era singular. La gente sudaba, gritaba, se empujaba, hasta orinaba por cualquier parte, pero mostraba una gran emoción.

Un estruendo se oyó de repente: un trueno irrumpió en la fiesta, un invitado imprevisto en la noche apacible. La gente continuó riendo, chillando extasiada o asqueada de estar en esa plaza mirando, bien apretujada, viendo cómo se elevaba el castillo humano. El trueno se convirtió en un motivo más de fiesta y de dicha, como una turbulencia en un vuelo en avión.

Paulatinamente, el ruido de la masa concentrada aumentaba, mientras el castillo en construcción iba a coronar la cúspide. Un niño trepaba en esos instantes por las espaldas de las personas ya con evidentes muestras de flaqueza debido al esfuerzo de sostener otros cuerpos en sus hombros. El fotógrafo, inquieto, se disponía a fotografiar la culminación del evento: la llegada del niño a la cima de la torre de cuerpos, su saludo, la histeria de la muchedumbre que se agolpaba en la plaza, embriagada por el espectáculo, y la posterior y peligrosa bajada de las personas que conformaban el castillo. Cuando el niño se disponía a coronar la torre de cuerpos, un rayo sobrecogedor cayó del cielo y se clavó en su diminuta cabezita, dejándolo paralizado e "iluminado". El fotógrafo, horrorizado, tal vez emocionado, estaba disparando fotografías sin cesar. De repente, la luz del pequeño electrocutado se extendió por todo el castillo humano y también por toda la plaza a través de los cuerpos de las personas allí agolpadas. Es lo que tienen las aglomeraciones, todo está en contacto y se comunica: también la corriente eléctrica.


Desde la pantalla de su cámara el fotógrafo contemplaba una especie de alucinante árbol de navidad humano con sus luces, tal era la mágica escena que se podía ver en el recuadro de su máquina digital: se trataba de los cuerpos electrocutándose desde la cúspide, allí donde se hallaba el niño que coronaba el castillo, hasta la base, extendiéndose a la totalidad de las personas de la plaza. Era un espectáculo único. Los gritos de los individuos, hombres y mujeres de todas las edades, que se podían oír en la plaza eran indescriptibles. Los cuerpos danzaban convulsivamente iluminados por la descarga eléctrica, algunos ya estaban en pleno proceso de cremación.

Al final, el espacio de la plaza quedó tapizado por una masa de cuerpos calcinados mezclados con individuos con caras de espanto y aturdimiento, humeantes algunos, chamuscados otros. Y todo ello en plena noche.

La fiesta había terminado y el fotógrafo acaso había conseguido la foto de su vida.

Escrito por Espectro X