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divendres, 7 de febrer del 2014

I(diotez) + D(emencia) = dinero

I+D, la ecuación mágica para aprender a amar la crisis. El valor añadido. Esa es la nueva era erigida sobre las cenizas del capitalismo infantiloide y sin complejos ya en sus estertores. Se vive instalado en una época de ultrarrepetición y ultrasaturación ad infinitum, con ligeras variaciones para mayor disfrute de la tatuada y patética raza humana. 
    Cuanto más idiota, estúpida y aberrante sea la innovación a la que se somete un producto (material, artificial, espiritual…), y monstruoso sea el resultado final, mayores posibilidades de colocar dicha entidad en el mercado y triunfar. Que se lo pregunten a los publicistas drogadictos que se esnifan hasta el cristal molido de los huesos de sus padres para parir el enésimo anuncio de coches voladores y fornicadores. 


    Las personas, sedientas de per-versión y desviación, piensan que lo raro es chic y sexi y le dan al Like. Lo único que queda en este desierto de almas durmientes, grotescas y de pensamiento + es satisfacer las necesidades más pérfidas e inútiles. Todo el mundo necesita reconocimiento, una palmadita en la nuca, el Like en FB. Hay muchos ejemplos de esta barbarie productiva orientada a mantener la agonía del sistema de consumo anómalo y enfermizo. Así surge, por ejemplo, la idea de la marca de bebidas americana Coca-Cola de crear una espuma viscoelástica cuyo uso es el lavado de los genitales tras el sexo; o la coca-cola en su versión independentista catalana, llamada ‘Cuca-Fera’; el Bolsillo húmedo con cremallera, para de-mentes calenturientos; las frutas de colores súper-trendy (naranjas de color azul fuck para sorprender y acariciar el paladar en bodas y bautizos; manzanas picantes para jóvenes hipsters y sodomitas gafapastas varios); lentes sin graduación con las formas de los pechos Diamanda Galas 2XL y gusto a sardina podrida; vestidos de Spiderwoman con todas las tallas imaginables, ideales para pedófilos adinerados de la tercera edad; globos con olores penetrantes de cebolla cristalizada para rituales de bukake y hardcore senil; el casal rock postmortem, etcétera, etcétera.
    En un mundo donde las cosas ya no sirven y cada vez todo es más superfluo hay que estimular los sentidos adormecidos hasta el paroxismo. La felacidad es lo primero y hay que satisfacerla de inmediato. Pero hay muchas maneras de alcanzar ese estado magnífico y cretino. El I+D quiere que todos los productos  huelan a sexo extremo. Hay que conseguir el orgasmo interminable hasta la locura. Hasta que las úlceras abrasen los genitales masculinos o femeninos. Hasta que esos órganos demasiado reales y dolorosos puedan sustituirse por penes y vaginas de quita y pon. Se acabaron los problemas de tamaño. Uno puede tener un pene tricéfalo o una vagina palmeada… Aquí se abre el I+D 3D. La innovación en ese terreno no tiene límites. Todo producto, eso sí, debe ser erógeno: bolígrafos peludos con el pircing de turno para anos insignificantes; arena musical para sexo tántrico; golosinas hipomaníacas con 200 movimientos indeterminados; comida andarina para el niño y niña… No existe fin para tanto progreso. 

     
    La humanidad está a punto de estallar de tanta saturación, estupidez y felacidad. No hay medicina posible para tanta impotencia e idiocia, para tanto baile de disfraces sin sentido. El futuro está aquí, todo depende de ti, amigo/a. Ni el suicidio asegura la muerte. El I+D quiere que los seres humanos vivan eternamente impotentes en el infierno creativo de un borracho psicópata y productivo. El tránsito hacia otra vida no existe. Viva los clítoris sin orgasmo, viva la vida eterna.




dimarts, 1 de març del 2011

Tránsito


El metro va atestado de personas. La situación, no por familiar, resulta menos pintoresca. Una chica iracunda martillea su móvil con los dedos de sus dos manos, parece poseída. Está de pie, en un vagón, rodeada de desconocidos. Mira la pantalla del teléfono, la frota con los dedos sin cesar, ahora sube, ahora baja, movimiento lateral... ya, perfecto, pulsa la definitiva tecla y reposa al fin. Un extraño espectáculo contemplarla y ver su aislamiento con el cachivache. Ninguna sorpresa. Un chico paquistaní que se encuentra al lado de la joven, también de pie, la mira fijamente con una sonrisa entre sádica y cariñosa. De pronto, estalla una música entre clásica y vodevilesca que viene de un extremo del vagón. Unos rumanos se acercan con un carrito sonriendo y pidiendo limosna con un vaso de plástico blancuzco y roído. Una mujer entrada en años los mira de soslayo con cara de asco mientras contempla embelesada a una niña rubita de ojos azules. Qué gente tan repulsiva, debe de pensar. Los olores, estímulos y miradas se entrecruzan en una orgía de sensaciones. Es una coreografía cambiante que no cesa, donde circulan los más diversos actores. La escena consiste en un tránsito continuo de desconocidos que se cruzan, se confunden, entran, se van, todo ello aderezado con ruidos mecánicos, flatulencias, carcajadas, tonos de móvil y voces que articulan frases indescifrables. Se tiene en estos casos una sensación borrosa, que se intensifica cuando uno abandona el metro. La cabeza está llena de caras que han irrumpido en ella sin permiso, de estímulos extenuantes que la han sumido en un estrépito inútil. Una molesta resaca le invade a uno entonces cuando sale a la calle tras abandonar el recinto del metro. La cabeza todavía se halla sumida en la confusión de estímulos y de repente choca con nuevas sensaciones: el aquelarre de las calles se precipita en ese instante sobre uno, como un tráiler sin frenos que nunca le acaba de atropellar. Ruido, coches, luces, letras por todas partes, caras... Al llegar a casa, uno está cansado, tremendamente cansado de esos estímulos aguijoneantes. ¿Vivir cada día así, en esta borrachera o delirio constante y sin cesar, qué significa? Hay que pasar página. Si el cerebro aún tiene cuerda para pensar, lo mejor, para evitar males mayores, es encender la tele o el ordenador (si es que se ha apagado) y empezar a relajarse y a dormitar. Hay que apagar la luz. Otro día.

dilluns, 21 de febrer del 2011

Desaparición


No logra el alma sobreponerse a la congoja en que la sumerge el discurrir de la existencia y el paso anodino de los días. La vida adulta uno a veces la percibe como una aceptación de la derrota absoluta, la asunción "positiva", en el mejor de los casos, de la aniquilación de cualquier ilusión o expectativa que pudiera haber germinado en una edad temprana.

Desde hace ya tiempo se puede sentir una profunda náusea por lo que implica ser adulto (encontrarse en un estadio intermedio de la vida). Los lugares comunes de la vida adulta podrían ser, entre otros: tener una pareja o construir una familia, traer hijos al mundo, sufrir un divorcio las más de las veces, el consumismo antifrustración (que dura lo que dura la compra), tomar tranquilizantes o hacer yoga... ah, o bien ingerir flores de Bach (y toda esa parafernalia new-age: el gran negocio construido para lobotomizar a las personas que han perdido el rumbo -la mayoría-; se habla aquí de un perfil más o menos acomodado económicamente: podría ser peor claro), hacer actividades (bailes de salón, coleccionismo, chats de amig@s, cursillos de lo que sea con-tal-de-pasar-el-tiempo: de ouija, de cocina cantonesa, de fotografía; el Photoshop que no falte...), hacer blogs para no se sabe qué... Lo que sea con tal de tapar las grietas que se van abriendo ya definitivamente, y que "harán compañía" hasta la tumba.

Cuando uno "ha cumplido" su función biológica -la reproducción-, lo que viene ya es de regalo. Luego están las personas que, por lo que sea, no han realizado ni esta básica función natural: no hay problema, queda la cultura -internet ("un instrumento de" no "un fin en sí"), libros, música, cine, teatro, maratones populares, circo...-, viajar, etc., como sustitutos en la sociedad civilizada y del espectáculo.

Pero ya no queda más. Y entonces emerge el tema "preferido" y que tanto tortura a la mayoría: "has triunfado en la vida" (creerlo es básico, porque otra cosa... , y también que los demás lo crean) o "has fracasado" (y que la persona haga suyo este pensamiento). Es el momento del balance. Tras este, lo que sigue es un ir perdiendo las fuerzas paulatino, un proceso gradual de desconexión sobre cómo funcionan las cosas en el mundo (cada vez se entiende menos por dónde van los tiros en los más diversos aspectos de la realidad), seguramente debido a la atrofia cerebral progresiva por la pérdida de neuronas, y también a causa de la falta de interés. Queda entonces ver el relevo de los jóvenes que continúan el ciclo de la vida.  Y claro, la lucha por evitar el propio deterioro físico; el miedo al dolor y a la muerte se convierten en una obsesión para muchos. Y no es de extrañar. Esto se acaba y uno ni se entera con tanta tele, tanto internet, tanto trabajo, tantas distracciones...

En el mejor de los casos, se puede aspirar a dejar una pequeña huella personal antes de la muerte, intentar dejar alguna señal de nuestro paso por el mundo [¿para qué? ... mejor no seguir por este sendero, cada uno debe de tener su propia visión sobre este particular] a las futuras generaciones.

Pero las más de las veces quedará nuestro paso en un olvido absoluto (se puede revisar lo que ha hecho uno con el recuerdo de sus familiares o amigos muertos para saber lo que le espera). La desaparición es, pues, el futuro, y quizá sea mejor así.

Seguramente, lo peor es no saber por qué caímos en el tiempo. por qué estuvimos transitoriamente en este misterio que es la vida. Pero para cuando vengan estas ideas angustiosas a la cabeza, siempre podrá encenderse la tele (si quedan fuerzas) o bien abrir una libreta polvorienta y llena de recuerdos e ilusiones perdidas para pasar el tiempo leyendo.

dilluns, 20 de setembre del 2010

Naufragio

Una confusión incomprensible asola el alma... La angustia indescriptible y el horror de sentirse vivo, de palparse el rostro por las mañanas ante el espejo... La radical consciencia de la futura (o inminente) muerte y de que nada quedará de uno... De que el paso por el mundo puede resultar como mínimo absurdo, delirante, las más de las veces grotesco, gris y sinsentido... Una caótica suerte de interferencias, de instantes fugaces, que terminan en una difusa nada que se desvanece. Y pese a todo continuar en el día a día, la carrera hacia ninguna parte. Saber que lo único que queda es el ahora... No cabe esperar nada. Qué difícil soportar el estar vivo sin percibir el sentido de ello. La inmediatez de todo se escapa...

Ser consciente de que sólo existe el presente puede ser insoportable. El tiempo no sólo vuela sino que es ocupado por mil y una estupideces que condenan a la asfixia mental, el aturdimiento sin esperanza ni salida.


¿Cómo escapar de este sufrimiento indecible y límite? Todo está en la cabeza y de ella no se puede salir. Uno no sabe quién o qué es, pero parece que ES. Uno es un ser irrepetible, esa parece la única certeza, y para muchos eso es hermoso y vital. No alcanzar nunca a ver esa hermosura; sólo sentir el vacío, notar el cuerpo que va degenerándose con el paso del tiempo.

Ser un perfecto desconocido para uno mismo, un náufrago que parece destinado a sufrir lo nunca escrito porque nada colma su insaciable hambre de vivir.

La vida debe de ser todo esto...

dimecres, 12 de maig del 2010

Don Sentido

Parece ser que hay que disfrutar de la vida. A la vuelta de la esquina quizá está Don Sentido. Pero uno no consigue afeitarse nunca, porque el vello crece, y crece... Don Sentido le da a uno la mano y le muestra la alegría de vivir. La gente canta, dialoga... Hay una dicha exagerada en los rostros que uno ve en la calle las más de las veces... Se nota que la cohesión social ha triunfado...

Don Sentido te invita a menudo a que entres a un bar a tomarte un cervecita y a comer alguna tapilla. "Esto es vida" te comentará sin pestañear; "no lo dudes", insistirá firmemente.

Ese es el intringulis de la vida: tomar una cervecita y comer alguna tapilla y disfrutar del momento hasta volverse loco.

En el fondo, son estas pequeñas cosas, tan simples, las que crean una espesa cohesión social y las que le hacen a uno sentirse vivo.

Dsifrutemos pues de la vida.