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dimarts, 29 de març del 2011

Pesadilla


La vivaz impresión de realidad que ofrece el sueño es tan intensa a veces que resulta difícil, e incluso imposible, distinguirla de un hecho real. En la creencia de haber mantenido relaciones con el Diablo, los acusados suben al cadalso víctimas de su propia fantasía. El alma es una imagen humana sutil, inmaterial por su naturaleza, un vapor, una película o una sombra; es la causa de la vida y el pensamiento, es impalpable e invisible. Muchas personas ven siempre en la pesadilla un ataque sexual de parte de un demonio lúbrico. A la representación del deseo subyacente no le es permitido exhibirse en su forma verdadera: el sueño es una transacción entre el deseo y el intenso miedo proveniente de la inhibición. La sensación voluptuosa en sueños se haya casi siempre acompañada por un sentimiento desagradable. Cuando la noche ha aprisionado nuestra visión en su calabozo, el Diablo pide cuentas a nuestra conciencia. Cuando apoyamos la cabeza en el lecho lo hacemos sobre un nido de víboras. Por eso, los terrores de la noche son peores que los del día. La idea de que el coito puede ser realizado entre seres humanos y seres sobrenaturales está muy extendida en nuestro inconsciente. Los conventos, por ejemplo, se ven particularmente infectados por los íncubos, lúbricos demonios que visitan a las mujeres. Se establece entonces una relación a medio camino entre la atracción y la repulsión: la libido y el temor mórbido se confunden. A los hombres, por su parte, se les aparecen los súcubos. Estos seres repugnantes y demoníacos, que adquieren la forma de mujeres odiosas, abrazan al alucinado durmiente y lo sumen en un profundo horror. Imágenes repulsivas persiguen al hombre y lo obsesionan, sufriendo incluso alucinaciones genitales horrorosas. El tormento puede continuar al despertar y no cesar nunca. 

http://acuolenss.blogspot.com/2010/07/lo-invisible.html 

divendres, 16 de juliol del 2010

Lo invisible


¡Qué profundo es este misterio de lo Invisible! No podemos sondarlo con nuestros miserables sentidos, con nuestros ojos que no saben percibir ni lo demasiado pequeño ni lo demasiado grande, ni lo demasiado cercano ni lo demasiado lejano, ni los habitantes de una estrella ni los habitantes de una gota de agua... con nuestros oídos que nos engañan porque nos transmiten las vibraciones del aire como notas sonoras. Notas que son hadas que hacen el milagro de cambiar en ruido ese movimiento y, por esa metamorfosis, dan nacimiento a la música, que vuelve cántico la agitación muda de la naturaleza... con nuestro olfato, más débil que el de los perros... con nuestro gusto, que apenas puede discernir la edad de un vino. [...]

Duermo mucho tiempo, dos o tres horas, y luego un sueño -no, una pesadilla- se apodera de mí. Noto perfectamente que estoy acostado y que duermo... lo siento... lo sé... y sé también que alguien se me acerca, me mira, me palpa, se sube a la cama, se arrodilla sobre mi pecho, me agarra del cuello con las dos manos y aprieta... aprieta... con todas sus fuerzas para estrangularme.

Yo me debato, atado por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños; quiero gritar, no puedo; quiero moverme, no puedo; con esfuerzos horrorosos y jadeante, trato de volverme, de rechazar a ese ser que me aplasta y me ahoga, ¡no puedo!

Y de pronto me despierto enloquecido, bañado en sudor.

[extraído de Guy de Maupassant. El Horla. El Club Diógenes. Valdemar, n 57]