divendres, 16 de juliol de 2010

Lo invisible


¡Qué profundo es este misterio de lo Invisible! No podemos sondarlo con nuestros miserables sentidos, con nuestros ojos que no saben percibir ni lo demasiado pequeño ni lo demasiado grande, ni lo demasiado cercano ni lo demasiado lejano, ni los habitantes de una estrella ni los habitantes de una gota de agua... con nuestros oídos que nos engañan porque nos transmiten las vibraciones del aire como notas sonoras. Notas que son hadas que hacen el milagro de cambiar en ruido ese movimiento y, por esa metamorfosis, dan nacimiento a la música, que vuelve cántico la agitación muda de la naturaleza... con nuestro olfato, más débil que el de los perros... con nuestro gusto, que apenas puede discernir la edad de un vino. [...]

Duermo mucho tiempo, dos o tres horas, y luego un sueño -no, una pesadilla- se apodera de mí. Noto perfectamente que estoy acostado y que duermo... lo siento... lo sé... y sé también que alguien se me acerca, me mira, me palpa, se sube a la cama, se arrodilla sobre mi pecho, me agarra del cuello con las dos manos y aprieta... aprieta... con todas sus fuerzas para estrangularme.

Yo me debato, atado por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños; quiero gritar, no puedo; quiero moverme, no puedo; con esfuerzos horrorosos y jadeante, trato de volverme, de rechazar a ese ser que me aplasta y me ahoga, ¡no puedo!

Y de pronto me despierto enloquecido, bañado en sudor.

[extraído de Guy de Maupassant. El Horla. El Club Diógenes. Valdemar, n 57]