dimarts, 10 de maig de 2011

Se acabó

Llegó el momento de la verdad. Matías parecía haber reunido el suficiente valor para tomar la decisión que desde hacía mucho tiempo le rondaba por la cabeza: quitarse la vida. La existencia se había convertido para él en un suplicio insoportable. Una tremenda angustia y falta de sentido hacia todos los actos de su existencia le habían conducido a tomar esta irreversible decisión. Desde hacía ya muchos años no entendía qué hacía en ese mundo que no comprendía, lleno de mentiras, de falsos afectos, de incertidumbre, de grosería, de vulgaridad nauseabunda, aislado como estaba en un dolor psicológico indescriptible. Él situaba el comienzo de su "caída" en la entrada en la edad adulta. No soportaba trabajar, le gustaban las mujeres pero no las entendía ni tenía demasiado éxito con ellas; además, había perdido todo interés por hacer cosas.

El acto fue rápido. Se aseguró de que nadie llamara a su casa, se tomó un frasco de pastillas (un cóctel infernal de tranquilizantes, antipsicóticos y antiepilépticos) y se fue a "dormir". Eso fue por la mañana de un lunes como otro cualquiera, otro maldito lunes sin sentido, pero ese día dijo basta.

Al cabo de tres días, su hermano, que tenía las llaves de su casa, se dirigió a su domicilio, pues Matías le debía 1.000 euros. Al no abrir la puerta, y después de haber estado llamándole unos días por teléfono, se decidió a entrar con las llaves que poseía. Miró por toda la casa y, finalmente, accedió a una habitación dormitorio. Matías yacía muerto en la cama, con un aspecto terrorífico. Andrés, su hermano, llamó raudo a urgencias médicas, aunque ya veía que su hermano estaba muerto. Cayó en un llanto inconsolable, lleno de impotencia y angustia. 

Era un caso más de suicidio. El de un ser gris que se quita de en medio. El tumulto de la vida continúa. A nadie le importa que un ser patético y absurdo se suicide.

Hay que pasar página, que la vida sigue... ¡Viva la vida!